LA LIEBRE
Atrincherados
D espués de semanas y semanas con la maturranga de los programas y las promesas, con los mítines y las apariciones en horario de máxima audiencia televisiva, ahora resulta que no se atreve ninguno. Un mes después de las elecciones, se queda el rey sin aspirantes a presidente del Gobierno como se quedó sin cuñados, entre ceses temporales de la convivencia de los partidos de izquierdas y fundidos a segundo plano de las formaciones de centro que, mientras revuelve el juez, no quieren mirar a su derecha por si encuentran ahí un espejo. Un cuadro desierto que aparece después de que el mayordomo de la Zarzuela haya agotado ya los números de la máquina de los turnos con la sensación de que está todo el pescado vendido. No queda nadie más ahí fuera, alteza. Las escenas del sofá de los últimos días, ribeteadas de sonrisas y aplausos en la espalda, se suceden ante una opinión pública que observa las piruetas de cada uno de los partidos políticos como las hazañas de los que se gravan con el móvil a 200 kilómetros por hora en una carretera secundaria, con la cabeza por fuera, y luego lo cuelgan en internet para ver cuántos me gusta cosechan en Facebook. Un suicido colectivo al que se entregan las formaciones en el momento de mayor descrédito de la política. Una pira monumental de la que no se libran los nuevos que anunciaban su paso por el Hemiciclo bajo el redoble de los tambores de la segunda transición, ungidos por los millones de votos de los españoles que no se reconocían en las siglas de siempre, y que apenas se reconocen por ahora en la medianía con la que Ciudadanos acepta su rol de estar callado y dar tabaco por fuera, como en el mus. Una partida en la que el PP pasa, convencido de que si se reparte de nuevo tendrá mejor mano, y el PSOE va de farol con las cartas de los nacionalistas, que aprovechan para hacer cuentas de la 31 que se les quedará entre las uñas. Ese punto que se anota la santísima cuatrinidad de Podemos, entregada a la ceremonia del culto a la divinidad de Pablo y sus profetas, entretenidos en poner en práctica como un juego la decena de hipótesis fraguadas en sus años de toreo de salón en las aulas de la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense. Iglesias venía con tanto empeño en asaltar los cielos que se quedó como el atracador que, atrincherado en una sucursal tras ser sorprendido cuando iba a salir por la puerta, se atrevió a descolgar el teléfono para contestar a la llamada de un periodista que quería saber quién era: «En este momento, soy el director del banco».