Diario de León
Publicado por
Lorenzo Silva
León

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E s un hecho aritmético que en las elecciones del 20-D las fuerzas que simplificando podríamos denominar de izquierdas obtuvieron el triunfo en votos: más de 11 millones si sumamos los sufragios recibidos por PSOE, Podemos y sus marcas afines y las fuerzas reunidas en torno a lo que queda de IU en la coalición de Unidad Popular. No es menos cierto que Ciudadanos, aun con guiños a un electorado derechista de sesgo liberal, ha basado buena parte de su campaña en medidas de regeneración y desmontaje de privilegios que podrían ser bien vistas por votantes de centroizquierda más o menos moderados. No intentaremos estimar cuántos de esos votantes optaron por el naranja, pero encarnan una sensibilidad que muy bien podría apostar por un ejecutivo progresista.

Frente a eso, el PP tiene sus 123 escaños (menos uno) y una clamorosa soledad. Y sin embargo, su líder declina ir a pedir la investidura, y en vez de dimitir o retirarse (parecería lo lógico) se atrinchera en un enroque táctico, porque espera, y quizá no le falte motivo, que la izquierda española protagonice una vez más uno de sus habituales episodios de autodestrucción. Dentro del partido llamado por escaños y votos al liderazgo de una posible opción de izquierda hay una guerra sorda que impide a su candidato comparecer ante otros con una autoridad que el interlocutor no cuestione. Y la fuerza que habría de poner la otra pata del bípode, lejos de propiciar un diálogo que permita edificar un proyecto asumible por el socio principal, y que sea susceptible de recabar, en forma de voto o abstención, el respaldo que sería necesario para echar a andar un Gobierno, se ha lanzado a una competición por ocupar el centro del escenario que está muy bien entre divas en los espectáculos de variedades, pero poco aporta cuando se trata de gestionar un país desde la complejidad que tiene aunar sensibilidades divergentes.

Quizá, y discúlpeseme la maldad, alguno ha sobrevalorado la trascendencia del mensaje y los recursos de ciertas teleseries de moda, que pueden funcionar como metáforas más o menos eficaces y elementales de las pulsiones humanas, individuales y colectivas, pero ninguna luz arrojan sobre algo tan arduo, y hoy, necesario, como es el arte de la transacción y la neutralización de diferencias entre quienes han de responder ante los que les votaron, los que no lo hicieron y, en fin, ante sí mismos.

Por decirlo de una manera algo cruda: Tyrion Lannister (el actor que lo encarna y el guionista que le escribe el papel) solo necesita ser ingenioso para alcanzar su objetivo, la audiencia y la devoción de sus incondicionales. Aquí hay mucha más tela que cortar. Ignorarlo sólo llevará a ese desenlace ya tantas veces visto: la izquierda española liquidándose a sí misma.

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