Diario de León
Publicado por
Diego Carcedo
León

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A bro el ordenador y en la pantalla deslumbrada por el sol que entra a raudales por la ventana veo que estamos en enero, que la temperatura exterior es de 18 grados y que la previsión meteorológica para la semana no ofrece cambios. Desde la ventana, asomado mientras tiro de la polea para bajar la persiana observo con un impresionante cielo azul de fondo, a la gente por la calle en mangas de camisa, a los almendros que festonean las aceras exhibiendo las primeras flores y en el jardín del vecino lucen las primeras rosas rojas entre las que sobresalen algunos lirios dorados.

Es el destiempo del tiempo que disfrutamos sin ser demasiado conscientes de lo que puede costarnos esta anormalidad de una naturaleza que tal parece se ha vuelto majara. Hace un mes, en plenas navidades ya los expertos llamaban la atención sobre el retraso de un invierno frio, lluvioso y nevado para que el resto del año corresponda con buenas cosechas, sin restricciones de agua y un oxígeno respirable. Treinta días después, todo sigue igual y, lo peor, sin saber qué hacer. La semana pasaba escuchaba una anécdota, quizás apócrifa pero bien traída, ocurrida en una provincia mediterránea.

Los escasos vecinos de una aldea apartada cuyo nombre nadie concreta, viendo que se les agostaban los cultivos antes de germinar, volvieron la vista al pasado y propusieron al párroco promover rogativas sacando a pasear las imágenes implorando la lluvia. Pero el párroco, un cura joven, rechazó la anacrónica propuesta y los feligreses acudieron en comisión a pedirle al obispo que le hiciese rectificar. El prelado les escuchó con atención y una sonrisa comprensiva hasta que al final, impresionado por la fe de aquel grupo de creyentes, acabó accediendo: «Bueno, llamaré al párroco, les prometió y, mirando al horizonte, añadió: pero para llover no está».

Ningún experto se atreve a pronosticar cuánto durará esta anormalidad atmosférica. Es una mala noticia para todos, empezando por los agricultores y acabando por los urbanos que ya empiezan a intuir restricciones para llenar las piscinas este verano. Solo algún agorero convertido temporalmente al optimismo, le encuentra una utilización positiva a este destiempo: «Ahora que la bolsa está por los suelos, lo que hace es aprovechar para comprar acciones de compañías de agua mineral». Pero enseguida rectifica y desde el remordimiento exclama: «¡Dios, qué habremos hecho!». La verdad es que a todos nos han entrado ganas de pasear bajo un chaparrón.

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