El gato en el agua
Q uien tiene un amigo tiene un tesoro, pero si ese amigo se ha dedicado al noble arte de la política tendrá que compartirlo con algunos desconocidos. De ahí que las alianzas lleven aparejadas las condenas.
El uno y el otro si se suman dan tres por lo menos. La amistad puede que sea una ciencia exacta si no se introduce en la partida algún trilero, pero no se puede escoger a los jugadores porque el casino no es nuestro y la timba la han montado otros, a los que no hay forma de arrendarles la ganancia.
Tanto el recalcitrante Mariano Rajoy como el apresurado Pedro Sánchez, aunque no se puedan ver ni en las fotografías que el tiempo ha puesto demasiado amarillas antes de tiempo, están obligados a verse.
Ambos han tenido el disgusto en conocerse, pero una vez batido el récord de la discordia televisiva no tienen por qué esforzarse en superarlo.
Cada uno ha hablado a su enemigo ideal, pero a los dos les está fallando el público. Como en aquella taberna gaditana pueden poner un letrero que diga: «Se necesitan clientes, no se exige experiencia».
Eso de encontrar al rival más apropiado en la selva tiene su mérito, porque la jungla está poblada por lo que Vicente Aleixandre, que no odió jamás a nadie, llamó «tigres del tamaño del odio». ¿Será verdad que el único enemigo es el que siempre está hablando del enemigo? En España siempre duran más las convalecencias que las enfermedades, pero llevamos demasiado tiempo exhibiendo nuestras cicatrices y eso no sólo entorpece la curación sino que la prolonga. A ver cuando terminan sus desencuentros oficiales estos dos señores. Están tardando mucho para no llegar a nada, pero quizá sean imprescindibles el uno para el otro.
Desde luego no lo son para la mayoría de los españoles, que estamos aburridos con los pormenores de sus cuitas, mientras el gato escaldado sigue huyendo del agua fría, del agua caliente y del agua bendita. Nos hacen falta otros líderes, pero quizás a ellos les haga falta otro pueblo.