Recuerdo del Savoy
C onocimos las miserias provincianas gracias a la penumbra radiante de aquel antro ahumado que fue el Savoy, donde las chicas del cabaret no iban demasiado desvestidas sino poco desnudas, al decir de la parroquia, mientras cambiaban de brazos en una pista donde nadie bailaba de usted y a veces se escapaba una puñalada de tornillo por un quítame allá ese bulto sospechoso. Un lugar, el Savoy, donde la vida imaginada transcurría al ritmo de un jazz interpretado por un pianista que cogía bajas por deceso cada semana y volvía a aporrear las teclas cuando su nivel de alcohol en sangre estaba de nuevo al borde del coma etílico. Donde los tipos duros tenían callos en el gatillo de la pistola, las mujeres un arma en las pestañas y el barman apuntado el teléfono de la funeraria. En una esquina, para cubrirse las espaldas, un tipo callado y miope como un jarrón ming, desapercibiéndose con su aire de vivo caducado: es Al, el viejo columnista, escucha y calla para luego callar lo que escucha y contar lo que imagina —que eso era entonces el periodismo—, disparando símiles y metáforas como voladores acalambrados.
Al, viejo Alvite, desde que dejaste el mundo el Savoy, ese friso de España pasado por la novela negra americana, no tiene quien lo escriba. Y qué necesarias serían, en esta época de aritmética y frenopático, las prédicas de tus hampones y fulanas, no sé, un Ernie Loqasto que les explicase a estos pipiolos, citando a Cassius Clay, lo difícil que resulta subir cuesta abajo. O una de esas mujeres frívolas y bacanales a las que no hay que preguntarles cómo se llaman sino cómo se titulan, que se encamara con cualquiera de esos apandadores trajeados hasta dejarle en bancarrota la autoestima y el corazón intervenido.
Alcanzamos a conocer contigo, José Luis Alvite, la miseria de la provincia peninsular porque supiste inyectarnos el ensueño nocherniego de un club de luz achampañada donde la ética era una prolongación estética de la vida en sus extremos. Porque fuiste capaz de contarnos con una voz genital los altos fondos de la existencia, atravesada de poesía, pues el poema alumbra desde fuera pero la poesía es iluminación interna. Porque nos legaste la costumbre, incluso a plena luz del día, de ir por la vida buscando palomas negras.