Salvar el Rañadero
C onocí la calle cuando aún era un lugar comercial y vivo, sin decadencia. En el Rañadero tenía su consulta el doctor Taladrid, el gran analista de la sangre de los bercianos. En una casa antigua a la que yo siempre miraba con prevención porque me recordaba miedos y pinchazos, aunque siempre con mi madre cerca. En el Rañadero también estaba el misterioso bazar Blanco, y digo misterioso porque tenía muy pocos clientes, probablemente ninguno en más de un día y de dos, pero su dueño era un hombre muy entusiasta. Esa actitud me fascinaba.
La calle era un lugar clave. Aún no se había construido el viaducto, y por allí pasaba el tránsito peatonal entre la Puebla de los obreros y los comerciantes y la entonces llamada Ponferrada de Arriba, la institucional. Por si fuera poco, vivía allí el gran pintor Andrés Viloria, con su negocio de muebles, del que se escapaba a veces para ir a pintar al piso de arriba. A crear sus cuadros matéricos. Viloria era la modernidad en Ponferrada; el artista plástico que estaba al tanto de lo que sucedía en la vanguardia de París.
La calle, milenaria, fue y es cauce de los peregrinos a Compostela. Y guarda los pasos que mi padre daba, de muchacho, rumbo al instituto Gil y Carrasco, desviándose a la izquierda por un inesperado camino de piedras que parecía un tramo de aldea en el corazón de la ciudad. El Rañadero es una de las calles más sabrosas de Ponferrada, pero la villa la ha ido dejando morir un poco, o un mucho, y ha perdido gran parte de su gracia y su vigor, y ahora tiene aires ruina, sobre todo en el tramo de las escaleras. Donde las casas se desploman y donde muy pocos recuerdan que por allí hubo negocios meritorios, como el de un fotógrafo que exponía en su escaparate pintorescos reportajes de bodas. Imágenes ante las que mi novia y yo nos reíamos a carcajadas antes de bajar hacia la calle Tras de la Cava, otra calle vetusta, donde estaba uno de nuestros bares más queridos y secretos, con menos clientes y con más amor en su dueña y en su anciano y filosófico propietario, siempre enfermo él, y con boina. El bar Miralrío, como un fin del mundo que estaba a un paso.
El Rañadero debe salir adelante, salvarse con imaginación y apoyo. Renacer en lo que realmente es: una calle bonita, idónea para los artesanos. Volver a su encanto con imaginación y abolengo, tan cerca que está del castillo. Tan cerca del Sil y de la historia. Con el recuerdo del centenario bar Cubelos allá abajo, en la orilla. Con el puente de hierro a menos de un tiro de piedra. El ayuntamiento de Ponferrada tiene ahí una asignatura pendiente muy notoria, y ha llegado el momento de construir el nuevo Rañadero. Que siempre será medieval y siempre será auténtico. Y pese a todo, aún como está ahora, uno siempre es feliz al pasar por esa calle. Es algo que viene de muy adentro.