Pepín el del bolardo
Q uién le iba a decir a Pepín Muñiz, mi colega y socio en ejercicios de nostalgia literaria, que a estas alturas de su provecta vida le iban a ofrecer un trabajo en el circo del Sol, tentado a incluirle en plantilla como saltimbanqui de primera categoría. De todos es conocida su trayectoria profesional como abogado cabal y consecuente, eterno perseguidor del bien público, pero durante su alocada juventud, coincidente en el tiempo con la coronación del faraón Tutankamón en el lejano Egipto, corrió mucho mundo y practicó oficios de muy distintos pelajes. Fue guardabosques en Canadá y enfermero en un manicomio de Londres, donde estaba encargado del fundamental cometido de repartir las dentaduras postizas entre los pacientes. Dado su entusiasmo, cuentan que Margaret Thatcher quiso imponerle la Cruz Victoria por su decisiva contribución a la mejora del sistema sanitario británico. Pero voy al tema…
Ajeno a los muchos peligros que esconde la selva urbana, caminaba Pepín el otro día por la Rúa mirando mujeres y escaparates, como acostumbra, cuando desde las fauces de la tierra surgió sin avisar un traicionero bolardo, elevándole a dos metros de altura igual que si fuera un cohete de propulsión a chorro. Decidido a vender cara su piel, ignoró el grito de horror de los presentes para iniciar allá arriba un vibrante zapateado a lo Antonio Gades, aprendido mientras bailaba charlestones en el Casino. Luego, después de muchos segundos debatiéndose en un éxtasis de agonía, pegó una voltereta y aterrizó finalmente en el suelo con un elegante volantín que habría hecho palidecer de envidia al propio Nijinsky, estrella de los ballets imperiales rusos. Unos turistas japoneses que pasaban por allí rompieron en aplausos al creer que era un mimo realizando el número de la cabra, e incluso le dejaron unas monedas para vicios. Y una pareja de monjitas, de camino al convento de las Concepcionistas, se arrodillaron y persignaron, por confundirle con un ungido del Señor que levitaba en trance de ascender a los altares. ¡Qué hombre, Pepín el del bolardo!