Amorosa competencia
A morosa competencia, como los jilgueros que «lanzan al viento sus trinos» cuando «la Naturaleza toda parece revivir a los primeros halagos de la Primavera». El entrecomillado pertenece a una novela leonesa prácticamente desconocida, de 1932: Yamina , «novela histórica de aventuras de los soldados leoneses en Marruecos», una de las novelas de amor que conforman un bloque notable entre las ambientadas en aquella guerra. El relato no pierde, sin embargo, la perspectiva del costumbrismo rural, sobre el que deseo hacer algunas anotaciones, precisamente en el mes en que, desde hace ya unos años, un grupo se ha empeñado en salvaguardar algunos hechos y aspectos de nuestro patrimonio, y que, como tal, merece el aplauso y respeto.
El arranque de la obra, del militar leonés Celedonio Negrillo, tiene como escenario el valle de Riaño, «un pueblecito de ensueño al que llamaremos Fuenteclara». Escenario de ficción, pura «fantasía del novelista», aunque aglutinador de costumbres y tradiciones del valle, cuyos habitantes «ganan el pan sin vergonzosas claudicaciones, unos, en las minas de carbón, otros, en las faenas del campo, y algunos, dedicados al pastoreo». Todos los mozos, sin embargo, tenían tiempo para recorrer «las calles del pueblo cantando al son de los acordeones y panderos». Subrayo la importancia que tuvieron los acordeones en la vida tradicional y festiva de nuestros pueblos. Fundamental y generalizada. En el caso que nos ocupa, el recorrido estaba protagonizado por «los reclutas del último reemplazo, que marchan a incorporarse a sus cuerpos. Rodeados de amigos, recorren las calles dando serenata a las mozas, y recogiendo los obsequios de sus convecinos».
Es fácil que alguien conozca los versos de requiebros amorosos entonados en aquella ocasión. Los reproduzco, por si acaso, pensando en «la voz potente y bien timbrada» de un mozo: «Asómate a la ventana/y alúmbrame con tus ojos,/niña de los labios rojos,/hermosísima serrana./Alúmbrame con tus ojos/y déjame ver tu cara,/para ponerme de hinojos/ante el sol de Fuenteclara». Cuando Juan, uno de los protagonistas de la novela, sale a la calle con su amigo para reunirse con «los demás mozos», oyeron cantar a Paco con voz sentida: «¡Rosarito de mi alma!/Te quiero, como a una madre./Te quiero, como si fueras/carne de mis propias carnes».
La competencia amorosa estaba servida. Forma parte de la trama. La vida y la ficción van con frecuencia de la mano.