Diario de León
Publicado por
león en verso luis urdiales
León

Creado:

Actualizado:

R esulta que los hay disconformes con que la Semana Santa devuelva la gente a las calles de León, y que se agolpen los clientes a las puertas de las tiendas de embutidos, salazones y cecinas, que pasan por exponente de trazabilidad del interés por salir adelante; la tribu de la tirria ha superado unos de los días más desazonados que le corresponde afrontar al año, en virtud de que la envidia que alimenta es directamente proporcional al bullicio que sortea entre el primer plenilunio de primavera y del domingo de Pascua. Hay una inquina latente que sopla cuando sopla el norte; que brota al tiempo que las margaritas; que germina a la vez que el trigo; se instaló junto a los juncos del río para prestar carácter al leonés que hipoteca cada día su felicidad a cambio de que lo que alcance a dominar con la vista sea pasto de la frustración. Hay que ser leonés para entenderlo; hay que ser leonés para vivir con ello. Esa tribu tiene un espacio en común con los filibusteros que han crecido en la última década como hiedras que tratan de abrasar el fervor procesional y cofrade; que se meten bajo el paso y no saben ni rezar el padrenuestro, ni distinguir los salmos del miserere, denuncian con aires de confidentes tras las esquinas, para que cunda el mensaje de que la esencia pasional mama de una impostura, más allá de los dogmas, la fe, la religión. El concepto tribal del que sufre cuando observa que el alba se atreve con grafitis de color amanecer sobre la muralla leonesa encuentra un espacio común con el clan, no menos corrosivo, que cree que montar un taller de Renfe a 150 kilómetros de aquí en lugar del escenario de cenizas al que fue reducida la industria ferroviaria que creció a orillas del Bernesga beneficia algo a esta tierra. Hay postulados tan bien surtidos de savia de erario público como difíciles de sostener. Aún perviven en las fachadas de los comercios leoneses los estigmas de aquella batalla cruenta que opusieron a las tropas de Tomás Villanueva, que se empeñó que en sábado santo y 23 de abril había que honrar a los señoritos que el emperador Carlos rebanó el cuello en 1521, aunque fuera a costa de perder las ventas más importantes en 365 días. Áquel punto de inflexión para el sector económico más relevante de la ciudad es hoy un yom kippur que parece que no han digerido los hijos de Caín; los cainitas de León.

tracking