Diario de León
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cuerpo a tierra antonio manilla
León

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Y o estoy en la creencia de que hacen más por el conocimiento de León una Cultural en primera división o el sherpa Calleja en Cuatro que todos los consorcios turísticos provinciales habidos y por haber». En esta ocasión Platón me abordó al principio de la calle Ancha, justo antes de tomar una caña con su tapa de huevos rotos con chichos en el Victoria, a la sombra del Palacio de los Guzmanes, sede de la Diputación Provincial, con ese fondo negro de blues que tan apropiado me parece para uno y para otra, porque el Victoria fue la última cafetería con limpiabotas y la Diputación estuvo gobernada durante alguna época igual que una plantación de algodón del estado de Luisiana. Así que entramos. En ese momento lloraba la guitarra de B.B. King en un susurro The Thrill is Gone , el encanto se ha ido, nena.

Por el prólogo, se veía que nuestro original filósofo de terrón venía dispuesto a continuar explayándose en su última andanada, dedicada a la promoción turística. «A ese chaval cazurro-nepalí, el garzo Jesús Calleja, no sé a qué esperan para nombrarlo embajador de León en el mundo, darle una medalla de oro o qué se yo. Como mínimo, hacerle en correspondencia una promoción de esas recoletas casas rurales que tiene en Villanueva del Condado». Era la primera vez que, a largo de nuestros encuentros, Platón me hablaba bien de algo de León, así que por un momento barrunté que anduviera en amores o que el espíritu del blues se estuviera apoderando de él. Pero al punto, sin flaquezas ni melancolías, regresó el indomable: «Claro está que a estos mandarines de aquí al lado», dijo señalando a los Guzmanes, «no se les ocurre darle un homenaje como tampoco se les alcanza lo que a este tasquero: poner en inglés la carta, ahí la tienes, ‘broken eggs’. El otro día le escuche a uno por la calle esta frase que lo resume todo: ‘Aquí el problema es que todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío’».

Platón, que acostumbra a rematar sus monólogos con una pregunta, como aprendiera de su maestro Sócrates, también tenía algo para mí en esta ocasión. Mirándome a los ojos, disparó sin que le temblase la voz: «¿No eras tú el que decía que el presidente en curso de la Diputación parecía pragmático?».

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