Bajas y despeñes
E l ladrillo está barato. Por lo menos el ladrillo público. Y las ansias de beneficio de las empresas deben andar caninas, entre la prolongada austeridad adjudicatoria pasada, el breve resplandor de la recuperación intuida y el afogue del parón en el que tiene sumido al país el vodevil del contubernio gubernamental en ciernes, que a falta de otras expectativas que desvelar ha puesto pies en polvorosa al tímido capital que asomaba. Y, mucho más lamentable, ha enterrado las esperanzas de los mininegocios que, habiendo braceado sin descanso hasta el límite de la pretendida recuperación, se ahogan en la orilla de la incertidumbre sin esperanza ni balón de oxígeno de confianza consumidora a la que asirse.
Perro panorama el que debate el vacío sobre atuendos y protocolos parlamentarios y monárquicos mientras millones de personas se asfixian sin encontrar ya siquiera el asidero de la esperanza. Irresponsabilidad sangrante y conjunta de un espectro político que va de lo consolidado a lo floreciente (o de lo casposo y soberbio a lo revolucionario o inconsciente, según los voceros que se tomen como referencia).
Entre los escombros de la parálisis y los recortes resurgen en León proyectos requeteprometidos y aplazados que sacan cabeza al fin. Muy lejos de sus antiguas pretensiones. Podría asumirse que se han despojado de esplendores ‘ostentóreos’, que diría aquel terrible Gil, tan ofensivo con la Academia como eficiente en lo gráfico de la expresión.
Pero tanto se han despojado que ponen los pelos de punta. Ahí está el proyecto del Inss, que casi lleva gastado en alquileres tanto como lo que va a costar finalmente. Ambicioso edificio de pomposo proyecto, rebajado sin contemplaciones por el Gobierno y adjudicado finalmente en muchos millones de euros menos de lo presupuestado inicialmente. O las adjudicaciones del interminable proyecto de integración ferroviaria. Obras recortadas en sus pretensiones, que se adjudican finalmente por la mitad o menos de lo calculado después de tijeretazo oficial.
O las bajas temerarias han dado paso a las bajas suicidas, o queda el rescoldo de la terrible historia de las revisiones de proyectos, o algo huele a podrido en las multimillonarias adjudicaciones del pasado. Si todo se puede conseguir por un tercio de lo anunciado, ¿a qué hemos estado jugando? O, más peligroso aún, ¿a qué apuesta de futuro revisor pretendemos seguir jugando?