Diario de León

Publicado por
Jesús María Cantalapiedra escritor
León

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N o quiero referirme a la caza y captura que de un tiempo a esta parte está siendo sometido el jubilado (perdón, y las jubiladas que luego pasa lo que pasa). Así, por abreviar, citaré al jubilado como persona de ambos sexos que, al fin, merecidamente, alcanzó el estado de júbilo, dicen, después de toda una larga vida de trabajo esperando el grato momento de escapar por una vez de las putaditas laborales o sociales sufridas, según el caso; treinta o cuarenta años de necesaria esclavitud pincelada de eufemismos, para pagar el condumio, la maldita hipoteca y las golfadas de algún pariente o allegado que le salió rana (como dijo una conocida política que no atinó al escoger a sus íntimos colaboradores). Nunca llegué a entender esa inquina hacia las ranas, saltarines animalillos que con su croar nos anuncian la sugerente primavera avanzada y el verano prometedor. Lo correcto sería que la mencionada fémina pública hubiera reconocido que algún adjunto le había salido ave de rapiña. ¡Pobres ranitas! Cuando escribo sobre «la caza del jubilado» quiero describir mis particulares monterías en busca, observación y posible cháchara con retirado/a de la vida laboral en su diario y repetido hábitat.

Tres son, principalmente, sus lugares preferidos para gozar del merecido júbilo; de su bien ganado alborozo: la calle (cargado/a con diez kilos de patatas tempranas y unos yogures bio), los bancos de un parque (solo o en compañía de otros compinches pasivos), y el bar más cercano al templo de todas las virtudes (su casa, donde espera un cuchillo de cortar tubérculos comprado en un gran almacén chino por cuatro perras).

Insisto en que aludo al término jubilado, sea del género masculino o femenino. Tanto monta, monta tanto. Así que, ataviado con vestimenta ad hoc, me dirijo a los habituales puntos de observación para tratar de conocer los pensamientos de tan afortunados seres en ejercicio de su algazara. Y lo consigo a primera vista.

Los hay de varias clases. A saber: solitarios ensimismados, pensando en el IRPF, matrimonios en silencio eterno, y parroquianos de hostelería meditando sobre los primos o parentelas que le salieron ranas (perdón, aves rapaces que le esquilmaron la herencia prometida por un pariente). Éstos, en ocasiones, como idos, miran a cualquiera de los cuatro televisores del bar para ver la pertinaz información meteorológica, o echar un vistazo añorante a una presentadora pechugona, ambos, antes de pasar a una pantalla plasma en el que, como siempre, juega el Barça o el Madrid.

Tengo un amigo, preocupado por famoso IRPF, hace algún tiempo se lamentaba cuando el Gobierno le anunciaba con gran aparato que le subirían la pensión. Finalmente percibía unos veinte euros menos al mes por culpa del malabarismo del Impuesto sobre la Renta de Personas Físicas. Rogaba a las alturas: «¡Por Dios, que no me suban la pensión!»

Otros son menos reivindicativos y más resignados. Suelen ser pacientes filósofos practicantes del estoicismo más depurado. Todo les parece bien; todo el mundo es bueno; sobrellevan con paciencia infinita las agresiones del mundo y el tedio.

Uno de éstos, al que aprecio de verdad, cuando le encuentro sentado en el bar de la esquina (lleva unas tres horas sobre la ingrata banqueta de madera), le pregunto: «¿Qué tal Remigio?». Él, posa el vaso de clarete sobre la mesa, me mira con una sonrisa encantadora y responde: «Estupendo. Tan aburridico y tan bien». Filosofía pura.

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