Diario de León

Publicado por
Jesús María Cantalapiedra escritor
León

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H ace varios meses titulaba una de las tribunas ‘Mis impactos europeos’. Comentaba en aquella las experiencias gozadas o padecidas en varios países y ciudades de Europa, con motivo de mis periódicos viajes o estancia laboral en la madre de nuestra cultura heredada que, en parte, conseguimos transmitir al Nuevo Mundo, si bien no fuimos los españoles, por causa de nuestra mala cabeza o avaricia rauda, quienes obtuvimos los réditos que nos hubieran correspondido.

Nos dedicamos a transportar oro y plata en airosos galeones a la Madre Patria, a cambio de nuestro lenguaje y muchos hábitos y cruces. Otros aventureros europeos (ahora se llaman emprendedores), los que arribando más al norte, conseguirían convertir sus conquistadas latitudes en estados prósperos y unidos, que con el tiempo llegaron a constituir la primera potencia mundial. Cierto es que en primera instancia se aplicaron a fondo con el Séptimo de Caballería y otros sistemas muy prácticos para mudar indígenas, arcos, flechas y plumas, a escasas reservas turísticas con el fin de que el mundo pudiera verles bailar sus danzas ancestrales, y regocijarse con las insistentes percusiones sobre tambores artesanos de distintos tonos. American life.

Mas, hoy no toca narrar historias de aparajóes, sioux, cheyenes o apaches. Pretendo abundar, (o poner en evidencia) ciertas leyendas que giran en torno a los hijos e hijas de Alemania, incluida por extensión a la famosísima hamburguesa (nació en Hamburgo) Frau Ángela Dorothea Merkel. La verdad, tiene más aspecto de llamarse Dorotea que Ángela o Angelita. Otrosí digo: reconozco, para aviso de navegantes, que soy germanófilo obviando su pasada política, no al propio pueblo masacrado. ¿Quién no se afiliaba ‘voluntariamente’ al Partido Nacional Socialista, con una Luger Parabellum 9 mm apuntándole en mitad de la nuca?

Volviendo a sus leyendas urbanas, se habla de su sentido de la disciplina. Aleatorio. En la fábrica donde cooperé al conocido milagro alemán, estaba rigurosamente prohibido el alcohol. A la hora de un corto descanso en cabina adecuada, los botellones de refrescos que portaban para el tentempié estaban terciados de aguardiente 35º-40º (snaps). Volvían al tajo eufóricos, cantando Lili Marleen y ciertamente perjudicados.

También se viene comentando su capacidad rígida para la observancia de las órdenes de trabajo. Incierto. En la nave donde se trabajaba, había que pulir un número determinado de barras de hierro de dos metros de largo (calientes aún), para que desaparecieran los defectos en forma de estrías. El acuerdo solidario de los trabajadores era trabajar un número de elementos máximo. La labor era bastante ingrata.

Un mal día aparecieron unos señores con bata blanca que se dedicaban a cronometrar y hacer anotaciones en una carpeta colgada del cuello. Y ahí llegó mi problema. Al verles, como trastornado, me puse a pulir las malditas barras a toda velocidad, ajeno a la alianza subversivo-metalúrgica de mis colegas, en su mayor parte alemanes. «De ésta me ascienden» —me decía. El resto de pulidores me miraban con cara asesina. Si algún ‘listo’ trabajaba a más velocidad, los hombres de blanco elevaban la cuota de producción per cápita.

Finalizada la sesión de control, un sonriente hombre de blanco me dio una palmada en la espalda. Fuesen. Salvé de milagro pues marché al excusado, y después fui a mi residencia Don Bosco Haus, mientras los tudescos bramaban con gestos no precisamente amigables. Todo cierto.

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