Diario de León
Publicado por
MARINERO DE RÍO EMILIO GANCEDO
León

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E l deseoso de dominar y domeñar un territorio, el que pretende dejar claro quién es el que manda por si cabe alguna duda, suele guardar la costumbre de hincar bandera, de plantar una enseñona en todo lo alto cuando ya se siente seguro de que los malandrines no lo van a apuñalar por la espalda. El mismo ritual lo practicábamos mi primo David y yo cuando nos hacíamos fuertes en el pueblo —deambulábamos por las fincas de noche, en chirucas, y nos atábamos los pantalones con una cuerda, felices y asilvestrados—, y dábamos en colgar de la ventana un par de calzoncillos amarillentos con el mismo entusiasmo con que los soldados del Ejército Rojo hicieron ondear la bandera de la hoz y el martillo en el tejado del Reichstag .

Algo así, pero mucho menos entrañable y sí bastante envarado y artificioso sucedió el pasado miércoles en León: lo que más llamó la atención, aparte de la raja de la falda de Silvia Clemente, fue el toldo-bandera con un enorme escudo autonómico tendido sobre el claustro de la icónica Colegiata de San Isidoro, verdadera arca de la alianza del Viejo Reino. El pleno de las Cortes no tuvo nada de generosa dádiva ni de guiño histórico —también podían haberlo celebrado a lo largo de estos 33 años y no lo hicieron—, sino que ante todo fue un intento de paseo triunfal aunque las protestas en la calle y un señor que les recordó cosas en un idioma desconocido por la concurrencia los puso incómodos y en algunos momentos hasta les hizo mirar, nerviosos, por encima del hombro.

De todas formas, era tan grande la sonrisa plástica de algunos prebostes y flotaba tanta sensación de éxito militar en el aire que yo pensé que el acto iba a comenzar con las palabras «en el día de hoy, cautivo y desarmado...».

Lo del miércoles tuvo que ver con el etéreo pero vital mundo del mito y del símbolo. Más bien de apropiación de los símbolos del vencido, algo puesto en práctica desde Jerjes y Julio César hasta hoy. Los pueblos que no saben construir sus mitos y ordenar sus símbolos le son usurpados por otros, con el agravante de que, además, ponen alfombra roja a quienes son responsables de su hundimiento.

Puestos a elegir divisa, yo elijo sin dudarlo aquellos calzoncillos cuarteados que tremolaban orgullosos en el balcón.

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