Diario de León
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Quijote/Sancho, Sancho/Quijote

E ste juego formal de palabras o nombres propios que nos evocan figuras literarias, como la propiedad conmutativa matemática o, incluso, aquella serie de dibujos animados en TVE que recreaba estos personajes y cuya letra comenzaba así «Quijote, Sancho/ Sancho, Quijote...» tiene un significado más profundo y no solo en la época en que el gran escritor don Miguel de Cervantes Saavedra los creó, sino ahora mismo que, después de cuatrocientos años, siguen tan vivos como entonces.

Cervantes, conocedor y observador de las personas, plasmó con grandísima maestría y finísima elocuencia el perfil y móvil que guía y caracteriza a todos y cada uno de los seres humanos. Esto es: idealismo y realismo, encarnados en los personajes de don Quijote y Sancho Panza, respectivamente. La figura de don Quijote, con su desprendimiento de todo lo material, simboliza la tendencia del alma humana hacia lo espiritual, a los ideales que sobrepasan todo lo susceptible de cambio... Como contrapunto, la figura de Sancho Panza, con su apego a lo cotidiano y realidad más inmediata, expresa la dependencia del hombre a las cosas materiales y sociales.

Estos dos personajes forman una dualidad perfecta y complementaria: idealismo/ realismo; locura/ cordura y sentido común. Representan el ‘claroscuro’ (característica típicamente barroca), un mundo plagado de luces y sombras.

Son múltiples las lecciones que Cervantes nos ha dejado. Así, el personaje don Quijote tiene como máxima aspiración un ideal ético y estético de vida al que acomoda sus acciones. Encarna los ideales caballerescos de lealtad, defensa de los débiles, lucha contra el mal, los opresores de los humildes, traidores, ladrones, déspotas..., en fin, es un defensor de la justicia social. (Como consideración puntual, es preciso dar un aldabonazo de atención por la ausencia de dichas virtudes en la sociedad actual).

Sancho, el escudero, actúa según los cánones del sentido común y ve la realidad tal como es. Se lo repite infinitas veces a su amo don Quijote para que aterrice del mundo ideal en que se halla.

En suma, integridad de fantasía y realidad. Se van contagiando, intercambiando y superponiendo sus peculiaridades personales y vitales, de modo que poco a poco don Quijote se «sanchifica» y Sancho se «quijotiza». Al final, logran el equilibrio, la serenidad y la armonía —cualidades típicamente renacentistas—que deben presidir los comportamientos humanos. (Es preciso recordar que Cervantes vivió a caballo entre el Renacimiento y el Barroco).

La solución al problema de las relaciones entre lo ideal y lo real se alcanza en el Quijote, en su extraordinaria ilusión de experiencia humana, en su armónica relación «entre lo poéticamente ideal y lo históricamente posible» ( E.C.Riley).

Oscilación, pues, entre dos mundos de ficción: el real, de la experiencia probable de la vida diaria y el ideal, libremente imaginado, aunque también con sus reglas poéticas. En conclusión, El Quijote nos ofrece un amplio abanico de temas, así como múltiples lecturas e interpretaciones. Es una obra universal y atemporal, con variedad de aspectos que pueden trazarse desde un libro ameno hasta un canto a la libertad, pasando por una amarga ironía.

Ramonita Pérez Álvarez. león

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