Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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E s, tal vez, el escritor leonés vivo más incardinado en su tierra. Con topónimos de verdad en sus libros, tan originales y profundos, tantas veces indefinibles de género, lo que es prueba de su gran literatura. De su camino libre y universal. Porque Colinas es, a la vez, La Bañeza y China, Salamanca y el Mediterráneo, pasando por toda la música de un idioma que hablamos 550 millones de personas.

Le conocí, sin conocerle, un lejanísimo día de primavera de 1969. En el teatro de La Bañeza. Había allí una gran fiesta de la palabra, algo insólito en estos tiempos. Las alumnas del colegio femenino de la ciudad, y los rudos y muy lectores alumnos del seminario de San José (donde yo estaba interno bajo la brumosa ilusión de ser misionero) ocupaban el aforo. Y los profesores, claro, y unas monjas que cantaban a mi lado con una voz tan fina que casi me daba miedo.

Se leyeron allí poemas muy bien escogidos del gran caudal de la poesía española. Bécquer, Rubén Darío, Machado, Juan Ramón… Iban por el tronco. Se notaba la labor de aquel apasionado profesor alistano don Gregorio Rodríguez, imborrable animador de la literatura en las tierras de La Bañeza. Casi al final del acto, el presentador anunció a un poeta local, muy joven, que iba a leer algunos versos. Y allí subió al escenario Antonio Colinas Lobato, trajeado, tímido, auténtico. Y allí nos emocionó, lo que no esperábamos.

Estaba Antonio en los comienzos de su carrera literaria, que solo se puede calificar de excepcional. Cincuenta largos años de trabajo, setenta libros, y lo que es más importante, una voz en la poesía española, una altura lírica llena de sinceridad y vida. También muchos libros en prosa, en los que traza todas las geografías de su curiosidad y su experiencia; todos los tesoros de la mística. Hallazgos filtrados con la maestría de su talento y de su decir.

Leer a Colinas es leer la verdad. Y yo diría que la virtud. Nada que ver su obra con la de los oportunistas poetas en perpetua exposición pública. Colinas, que es político, claro, como todo escritor, ciudadano del mundo y de su dolor, escribe libros que solo tienen un destino: quedar. Ser imprescindibles. Ser fuentes de la ética y la estética. Llevarnos por el mundo con otra alegría, con otra intensidad. Su premio Reina Sofía, ese galardón premonitorio, se lo merece. Y es un orgullo para los leoneses que sea nuestro paisano. Él, que tantas y tan bellísimas páginas ha dedicado a su tierra del sur de la provincia. A los ríos de su ciudad natal y también a los secanos fascinantes que suceden allende La Bañeza. Quienes vivimos un tiempo ahí, entre La Corneta y Las Encinas, bebemos sus páginas con gratitud y encanto. Pero cualquiera puede sentir lo mismo. Leer a Colinas es leer la mirada de la luz. Y la búsqueda de otra verdad que no sabíamos. Seguir su senda. Y encontrarnos.

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