Diario de León
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cuarto creciente carlos fidalgo
León

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E n el Rocío mueren caballos, aunque poca gente lo sabe. Mueren todos los años, extenuados. Y algunos jinetes ni se molestan en quitarles la montura.

En Tordesillas lanceaban un toro hasta matarlo. Y lo hacían a caballo. Pero este año, la Junta de Castilla y León ha prohibido por decreto dar muerte al astado en público y ha conseguido que el alcalde del PSOE y la oposición del Partido Popular formen una Gran Coalición pro taurina para que nadie cambie una tradición de quinientos años.

Eso significa que la costumbre de matar al Toro de la Vega con lanceros a caballo se remonta a principios del siglo XVI. España era una monarquía absoluta, unificada Aragón y Castilla. Una monarquía católica, que abrazaría la Contrareforma para mantener las esencias de la religión, y que se preparaba para la conquista del Nuevo Mundo.

La costumbre de matar al Toro de la Vega es anterior al Concilio de Trento, por tanto, al Siglo de Oro, a Cervantes y El Quijote , a Quevedo y El Buscón . Es anterior incluso al Lazarillo de Tormes . Nuestra cultura, nuestra sensibilidad, estaban formándose. España salía de la Edad Media, no se había sacudido las servidumbres del feudalismo y las desigualdades sociales eran abismales. España se preparaba para sufrir la mancha negra de la Inquisición. Se perseguía a los que no practicaban la religión verdadera, acabábamos de expulsar a los judíos y los moriscos no tenían un futuro halagüeño. Y en este escenario, tan alejado de los valores del tercer milenio, se lanceó por primera vez a un toro hasta matarlo.

Los defensores de la muerte del Toro de la Vega tienen en la tradición de cinco siglos su principal argumento. Pero hay tradiciones que dejan en evidencia lo peor de la condición humana y son un lastre para la evolución. Incluso en una tradición más amable como la del Rocío, que presume de otro tipo de fervor, mueren caballos.

Y morían más caballos que toros en los ruedos, despazurrados por las astas en la suerte de varas, hasta que en 1928, el espectáculo de sus vísceras se hizo tan insoportable para la sensibilidad de nuestros bisabuelos que obligaron a cubrirles el vientre con un peto protector. Pero no se acordaron de limar la vara.

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