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L os anuncios de televisión son esa cinematografía de andar por casa que nos retrata y condiciona al mismo tiempo: sublima nuestros deseos y a la vez los orienta, en un círculo sin principio ni fin a la vista que dice mucho de cómo funciona este cada vez más enloquecido mundo. O más bien cómo tiene que funcionar, porque la publicidad, la antigua y la moderna, ha venido haciendo del imperativo la marca de agua de su lenguaje, y esto por sí solo es ya indicio elocuente de la omnipresencia y omnipotencia del sector. Coma, beba, viaje, use, salga, entre, pare, vea, lea, visite, haga, corra, salte… todas órdenes disparadas desde mil cañones a un tiempo con el consumidor siempre en el punto de mira, y nunca se me olvidará aquel cartelón que daba la bienvenida a quien entraba en la ciudad a la conminatoria orden de «¡opérese!» en letras muy gordas. Era una cosa sobre problemas de visión pero al leerlo le entraban a uno ganas de dar un volantazo para afostiarse, cumplir el mandato y así poder entrar en el Hospital esbozando una sonrisa y pidiendo sueros.
Los anuncios también tienen forma de mirilla por la que atisbar la prosaica utopía de nuestro tiempo, hecha de perladas sonrisas y vientres planos, cosas que todos debemos anhelar y hacia las que debemos tender, como cuando los nazis proclamaban su familia ideal de rubiales vestidos de bombachos o los soviéticos la suya de obrerazos cincelados a escoplo. Al menos parecían hacer cosas juntos, aunque fuera denunciar con alegría al judío del quinto o mandar al antirrevolucionario al gulag. Porque hasta ahora la publicidad nos venía diciendo que lo más top era la familia que desayunaba, excursioneaba y se divertía en común, algo que choca de veras contra esos spots actuales de ocio y tecnología en los que cada miembro aparece pegado a una pantalla o dispositivo: el padre al fútbol de la tele, la madre ultimando un envío desde el portátil, el crío aporreando la tablet y la chavala venga a mandar whatsapps . Hasta la mascota podría estar chateando con unas perras desde su caseta. Es la mejor manera de que nadie discuta porque todos andan enredados en su red. Como mucho se oirá lo de «¿dónde habéis metido el cargador?» en medio de frenético tecleo.
Cada uno a su bola e Internet en la de todos. Bien controladitos y bien calladitos. Son cosas que hace recordar con nostalgia otros anuncios, más montiscos y directos, y de probada efectividad. «Camisas como las de Sabugo, jamás en León las hubo». Por ejemplo.