Diario de León
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EN BLANCO Lorenzo Silva
León

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E n apenas una semana el Mediterráneo se ha tragado entre 400 y 800 personas. Es decir, entre dos y cuatro veces la gente que perdimos los madrileños el 11-M. Son inmigrantes o refugiados, me permitirán que a diferencia de nuestras autoridades no me detenga en legalismos, que ante el cierre de la ruta griega, y con la llegada del buen tiempo, se juegan la vida en el canal de Sicilia y terminan perdiéndola. Coincide además, lo atestigua nuestra historia de los últimos veinte años y las recientes maniobras del gobierno alemán, que esta Europa envejecida y aburguesada necesita mano de obra joven y sufrida que no genera, para que ayude a construir nuestras infraestructuras, cuide de nuestros niños, ancianos e impedidos, contribuya a sostener nuestro sistema de pensiones amenazado de desmoronamiento por falta de cotizantes y hasta monte los muebles del Ikea a quien le da pereza hacerlo.

Hasta aquí esas dos necesidades correlativas y complementarias han venido satisfaciéndose por las bravas, con pérdida profusa de vidas y no menos profuso enriquecimiento para los criminales a los que de facto les hemos subcontratado los europeos el servicio. Han sido muchos los veranos de naufragios, muchos los cuerpos inertes rescatados del agua. Y sin embargo, nadie parece haber juzgado necesario extraer una lección de ello, nadie ha considerado que pudiera ser una prioridad tomar medidas que reduzcan la tragedia y la infamia, que nos permitan a los europeos mirarnos un poco más y mejor a la cara. No es cosa nuestra, dicen algunos, que en otros lugares no sepan gobernarse y acaben teniendo que emigrar. Pero esa falacia la desmiente día a día nuestra realidad cotidiana, donde esa gente venida de fuera resuelve tantas cosas que nos embarazan o molestan, y la debería desmentir la vergüenza de ver a los hermanos humanos morir a nuestras puertas sin que nadie haga por impedirlo.

Ya sé que no pueden abrirse de par en par esas puertas para meter a toda la gente que pasa hambre en Europa. Lo que no entiendo es cómo no nos planteamos una mejor forma de meter a la que nos cabe y nos hace falta, y cómo un continente que dispone de todos los medios sigue permitiendo que un hatajo de canallas se forre traficando con su desgracia. Ésta es, hoy, una de las peores pruebas de la inoperancia de la Unión Europea.

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