Despedidas de soltero
L o último es que León está de moda, que figura entre los destinos que los turistos y las turistas anhelan visitar para hacerse unos selfis y celebrar despedidas de soltero con un troncho sonrosado pegado a la frente. Es el turismo aborrecido por otras ciudades en el que al parecer nos estamos especializando, imagino que muy a nuestro pesar. Viendo ciertos antecedentes —desde los macrobotellones universitarios al Genarín, que deberían aparecer en prensa como publirreportajes de algún CTR—, la cosa se comprende, y uno, que ha sostenido la orientación hedonista y ociosa del turismo del futuro, tiene que manifestar, como Ortega respecto a la deriva de la Segunda República, que «no es esto, no es esto».
Para el alegre abandono de la soltería, además de gastronomía y vinicultura, los organizadores de estas fiestas «privadas» ofrecen un amplio abanico de posibilidades que abarcan desde bus y pulsera a Dj y dragqueen chistosa, así como barranquismo —actividad de deporte, nada que ver con aquel Barranco en el que era tradición que los hombres leoneses cayeran alguna vez en su vida—, zumba, camarero infiltrado y enanos cómicos, reuniones tuper-sex y cursos de maquillaje profesional. Más allá de una espontánea reflexión sobre las cosas tan extrañas con que se divierte la gente en el trance de concelebrar un simple cambio de estado civil, habría que quedarse con este dato: casi millón y medio de eurines quedan en la caja de las empresas, locales y foráneas, y los negocios que se dedican a estos eventos siempre con el imán de León como ciudad a la medida del hombre y «comprensiva» con las desvergonzadas flaquezas prematrimoniales.
Parece claro que estos emprendedores del jolgorio han comprendido al vuelo algo que no siempre tienen claro los promotores turísticos institucionales: las actividades basadas en el lugar, que, como escribía Manuel Castells, son sobre las que se fundamenta su potencial, «deben sumar valor a las experiencias cara a cara que sólo pueden tener lugar en las ciudades». Pero no desde luego al precio de tener que aguantar a un contubernio de gañanes soeces o a un harén despendolado de damas de honor tomando las calles. El alcalde, que no ha manifestado tendencia Kichilicuatre, tendría que afrontar más pronto que tarde este salto del ámbito privado al espacio público de las despedidas.