Diario de León
Publicado por
FRANCAMENTE JUAN CARLOS FRANCO
León

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La semana pasada me di de bruces con el ‘moro Abraham’ mientras aguardaba su cita para hacerse con algunos ‘leiros’ de los que conforman el registro de parcelas del Banco de Tierras del Consejo Comarcal. Después de toda la vida —y lo que le queda— detrás de la barra del bar, no lo ubicaba yo en esa faceta del viticultor de reestreno.

En su caso, no se vislumbra por el horizonte la más mínima vinculación con esa crisis que ha cambiado para siempre nuestras vidas. «Lo llevo en la sangre», me aseguró. Y yo que he llegado a acumular callos sobre callos en las manos entregando mis vacaciones escolares a la causa, sigo sin entenderlo. No le encuentro por ningún lado ese halo romántico que otros aseguran ver en el oficio.

Llego a la conclusión de que es cuestión de tiempo. Tanto del que deberá transcurrir para que se les pase ese enamoramiento bobalicón que va aparejado a todas las primeras veces, como del otro. Del que no perdona ni una. Del que si te pilla con el pie cambiado te desgracia. De ese que se ha encargado de abrirle los ojos a más de uno de los que decidieron aventurarse en lo de buscar el ‘Dorado’ en el medio agrícola berciano.

Ese tiempo que cuando no es como sol que estresa, lo es en forma de agua que ahoga. El mismo que se encarga de arruinar las cuentas de la lechera que más de uno se había encargado de echar para esta temporada. La primera ha sido en la frente. Y es que está claro que nuestros agricultores no tienen ni el derecho a soñar con el paraíso —Dios aprieta, pero no suelta—. Que les digan ahora a los que han perdido todas sus previsiones de ingresos con la recogida de cereza —economía sumergida, dicho sea de paso, pero que es la que está manteniendo a este Bierzo en su camino al cementerio— eso de que la agroalimentación es el futuro. Que les repitan que con mil cerezos que pongamos aquí y novecientos castaños por allá vamos a mantener esta comarca de enterrados en vida en la que se ha convertido nuestro terruño patrio después de que se nos haya caído para siempre el carbón.

Lo más triste es que, a no pocos, no le queda otra que seguir implorando la clemencia del cielo, ya que la misericordia de los mortales hace tiempo que nos dio la espalda.

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