Dos milagros en uno
Supongamos que Dios le concede allá arriba un deseo a Cervantes, con motivo del IV centenario del fallecimiento de este escritor. No le pediría «ver de nuevo los molinos de La Mancha» o «ir a la plaza de España para hacerme un selfie». Sin duda, su deseo sería pasar una tarde en León, sabedor de que está teniendo lugar, prolongada por su gran éxito, la muestra Estampas del Quijote. He tenido ocasión de verla explicada por su comisario y padrastro Luis Carnicero, autor además del texto del programa de mano, destinado a convertirse en documento para los cervantistas, pero también del bello poema en prosa «Últimas confesiones de don Quijote en la desmayada luz», primer número de Cuadernos de la lluvia, editados por el Instituto Leonés de Cultura. Y sí, don Miguel escogería ver esta exposición de quijotes ilustrados, desde las estampas del XVII hasta nuestros días, instalada en la primera planta de la Diputación. Pediría además, ya puestos, que se la explicase el propio Carnicero. Escuchándose explicado en la voz de este arquitecto y poeta bañezano se sentiría revelado por quien le ama, pues comprender es amar, y al revés. Y se le escaparían lagrimillas, al ver cómo sus criaturas fueron interpretadas desde que él puso el pie en el estribo. Es ésta una exposición asombrosa, de las mejores que hayan podido hacerse en España con motivo de dicha conmemoración. Lo que ha hecho nuestro paisano es coleccionismo trascendente, no mera acumulación inversora.
Después, don Miguel quedaría con Gamoneda, Premio Cervantes, para felicitarle por su 85 cumpleaños. De vuelta, si se topa con Santiago Trancón le podría confirmar si procede o no de leoneses judeoconversos. Después, uno mismo se prestaría a llevarle a Mansilla de las Mulas, a ver a doña Justina, cuyas picardías salieron impresas el año que su primer Quijote. ¡Buen oro dio aquel siglo!
Pero que Cervantes visitase León tampoco me parecería milagroso; seguro que en los últimos cuatro siglos lo ha hecho varias veces, aunque de incógnito; o sea, sin gorguera. Esta exposición, con la que cualquier ciudad quisiera contar, sí es un gran milagro. También la mirada cervantina de Luis Carnicero, noble luz machadiana en el camino de regreso.