Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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E l Bierzo tiene parte de sus alas rotas. Son unas heridas que están en el centro de su decadencia. Frenos a la capacidad emprendedora de los bercianos, de su imaginación y coraje. Las alas rotas son las comunicaciones deficientes con las regiones y tierras colindantes. La principal de todas, la autovía a Orense, que sería una herramienta clave para la comarca. Ponernos a dos horas de Vigo y a tres los camiones, sería un impulso grande para el Bierzo. Cada año que pasa sin que esa autovía esté en funcionamiento, el valle leonés del Sil pierde unos cuantos cientos de habitantes, y varias decenas de oportunidades económicas y sociales.

Otra seria dificultad que padecemos es nuestra comunicación ferroviaria con León y el resto de España. Hemos quedado en un bucle maldito de miseria férrea, en un pozo injusto. El Bierzo está casi varado en una gran laguna lenta de árboles, ríos y colinas que contemplan cómo los trenes que van desde Monforte hasta León utilizan velocidades de los tiempos de Franco, y ya no sé si también viajan en esos convoyes parejas de guardias civiles con tricornio, como antaño. Y hasta policías de la brigada Social de paisano.

Las alas rotas del Bierzo aún tienen un tercer enemigo, aunque este forma parte de lo quimérico, desgraciadamente. Me refiero a la continuación de la autovía que desde hace muchos años se diluyó en las afueras de Toreno. Una autovía que debería comunicarnos con Asturias y el mar por dos caminos. El primero, el más ambicioso, por La Espina, salvando la cordillera cantábrica por un nuevo paso, y el segundo, menos soñador, que consistiría en hacer una ruta asfáltica por Laciana y Babia hasta enlazar con la autovía del Huerna, rumbo a Oviedo y al centro de Asturias.

La comarca, así, no puede volver a volar. No puede con las alas rotas: sin comunicación ferroviaria decente con León y el resto de España y con la lentitud inefable con la que avanza el proyecto de la autovía de Orense, una ciudad que parece que cada día está más lejos. Sin esos instrumentos de desarrollo y de progreso, hoy casi quiméricos, el Bierzo, Valdeorras y otras tierras colindantes pocas inversiones privadas podrán captar, pocas esperanzas podrán tener sus vecinos. Quienes, además, habrán de esforzarse mucho en mantener lo que aún queda, que también está en peligro. Vivimos tiempos de resignación, melancolía y desbandada. Y barruntamos que esa decepción seguirá siendo la misma, o muy parecida, después de las elecciones del 26 de junio. Pintamos poco los leoneses, y como cada vez somos menos, pues pintamos menos. Tendremos que conformarnos con lo que nunca falla: la geografía, el peso cultural de Roma y del Reino de León; la gastronomía y las montañas; la cordialidad y los cuentos de los últimos filandones. Parece poco, pero es mucho. Las alas de la imaginación, además, nunca nos fallarán.

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