Diario de León
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EL CORRO PEDRO VICENTE
León

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S i la campaña electoral de diciembre discurrió por los derroteros de costumbre, sin que las entonces llamadas fuerzas emergentes rompieran con los viejos moldes, en la actual todo está volviendo a ser como siempre. Mariano Rajoy, que no ha ocultado su pereza por los debates electorales, se ha prestado únicamente al celebrado anoche, que merecería como mínimo una segunda vuelta. Sobre todo cuando se daba por asumido que los debates eran consustanciales a la regeneración democrática.

Se supone que el fin de las campañas consiste en que el ciudadano tenga ocasión de contrastar tanto a los candidatos que se disputan su voto como el contenido de sus respectivas ofertas electorales. Y sin debates directos entre los primeros resulta imposible discernir y separar el trigo y la paja de los programas, que en una democracia que se precie debieran equivaler a contratos ciudadanos de inexcusable cumplimiento. Sin ellos, asistimos a un ejercicio de transformismo político con barra libre para enmascarar los verdaderos postulados y sustituirlos por todo tipo de señuelos y promesas a beneficio de inventario.

Todos anuncian una campaña en positivo y esa es precisamente la primera promesa que incumplen, ya que, lejos de centrarse en sus propios programas, se dedican desde el minuto uno a descalificar a los adversarios de manera selectiva en función de su exclusivo rédito electoral. De tal guisa que, lejos de proporcionar elementos de juicio al potencial votante, se desata toda una ceremonia de la confusión, un pandemónium en el que, como diría el poeta, resulta imposible distinguir el eco de las voces. Hurtado el debate, la campaña queda reducida a la mera propaganda, ocurriendo como en las guerras, que la primera víctima es la verdad.

Con esta perversión democrática se da asimismo al traste con otra virtud que debiera tener una campaña electoral, cual es la de estimular la participación en las urnas. Antes al contrario, el guirigay en el que derivan consigue el contraproducente efecto de contribuir a la abstención.

La cuestión no es baladí, y menos cuando, según reveló un sondeo poselectoral del CIS, el 36 por ciento de quienes acudieron a las urnas en diciembre no decidieron su voto hasta los últimos días, lo cual desmiente esa otra idea instalada según el cual las campañas electorales apenas influyen sobre el resultado. Puede que así fuera en situaciones de menor convulsión y volatilidad política que la actual, en la que por cierto el 32 por ciento del cuerpo electoral otra vez no tiene claro el destino de su voto. Por ello es tan de lamentar que, tras el paréntesis de anoche, la campaña vuelva a degenerar en lo de siempre.

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