Respira Ancares
F ornela ha sido el valle más recóndito y perdido de Ancares, porque hasta ahora no tenía paso desde Guímara a Asturias, aunque sí volaban sus aires los cangilones con carbón de Tormaleo hacia la vecina térmica de Anllares. También el más olvidado, pero desde luego no el menos sorprendente y hermoso. Una pista de la diputación pone fin al aislamiento, como ocurrió entre el berciano Villarubín y los lucenses Ferramulín y Seara, en el Courel.
Entre Fabero y Cariseda, que es el primer pueblo fornelo, median trece kilómetros largos, que discurren por Bárcena de la Abadía y San Pedro de Paradela a través de un valle angosto y encajado, del que parte a la izquierda la extraordinaria ruta del río Goubela. Bautizada como el otro Cares, discurre excavada en la roca a lo largo de cuatro kilómetros y colgada sobre el curso de agua que recorre abismado el tajo a 150 metros de profundidad. Si uno no controla sus vértigos, mejor es hacer el camino remontando la orilla del río hasta el bosque de Goubela, en el que conviven fresnos, laureles bravos, acebos, madroños, alisos y arraclanes en un enclave fascinante, de cuento.
Trascastro tiene a la entrada de su larga calle principal el santuario de la Virgen, cuya fiesta de agosto reúne las mejores y más primitivas danzas vecinales. Atuendo y coreografía, de una solemnidad ancestral, remiten a las raíces del valle y parecen evocar rituales guerreros. Fornela no se acaba en Trascastro, el pueblo del médico Lodario Gabela, que hacía tertulia con el poeta Ángel González en Páramo y sembró el valle de escuelas antes de perder la vida tiroteado por la Guardia Civil en 1947. Los pueblos exhiben orgullosos el reconocimiento al joven médico cuyo delito fue atender a guerrilleros heridos. La primera casa de Trascastro, pasado el santuario, atesora la memoria de su consulta, tal como él la dejó el día de su muerte en las curvas de Cariseda. Eran los años cuarenta, pero nadie se atrevió a retirar ni una sola de las placas que en cada pueblo proclaman su filantropía.
El aislamiento de Fornela empujó a sus gentes hacia la arriería y el comercio ambulante. Esta condición errante, que obligaba a compartir posada y mercados con gente extraña, dio pie a la creación de una jerga peculiar, semejante a la gacería de los trilleros, que se llama burón. Nada que ver con el habla de Fornela, variante del leonés occidental estudiada en los cincuenta por los académicos Dámaso Alonso y Valentín García Yebra, que viajaron hasta el valle a caballo. El burón cuenta con un reducido vocabulario de alrededor de 500 palabras organizado en construcciones impenetrables para los profanos. Vocablos de indudable y remota resonancia bable. El castro astur de Chano es cita obligada en Fornela.