Diario de León
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LEÓN EN VERSO. LUIS URDIALES
León

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El sol de junio marca como marcan los gatos la esquina del descansillo, igual que los perros el terreno en la puerta del ascensor; ahí queda la vitola, al pie del circo de las mangas cortas del lacoste. Rotura la dermis el sol del solsticio, que trae el verano, solsticio de Iniesta, por esta vez, y constela junto al plenilunio del crepúsculo leonés que alivia del primer arreón del estío. Ese sol de junio que contornea de rojo bermello la aureola del bíceps cita a los chavales a la orilla del río, para ahogar penas con el alcohol que se sirve a cántaros, luego mar de plástico que recibe el día más largo del año en León tras la noche más corta. Les dijeron que si estudiaban y se formaban tendrían una salida más allá de la orla y la solemne graduación en el aula magna; y no fue así. Nadie repara en cuánto es preciso beber para anular la frustración que se acumula tras esa promesa fallida. Parva respuesta parece un motín nocturno en la ribera ante la magnitud de la afrenta a la primera generación que, en muchas décadas, va a vivir peor que sus progenitores. El sol de junio brinda una disculpa para el akelarre de san Juan, frente al descarrilamiento del que no habrá vuelta atrás. El sol de junio, que le cedió a Melendi el honor de abrir el estío, como cuando en los años del placebo en León el asturiano soltaba por la explanada de Eras el caballo que pasó por la cuenca minera, y quedaba inaugurado este verano; y verano había hasta el concierto de san Mateo, con los racimos a la puerta del lagar y a punto de llegar el airón de las castañas. El sol de junio es un demonio, que acelera biorritmos y se deja confundir por la luna redonda que llega puntual al cambio de guardia, casi a media noche, que ya son horas. No volveremos a ver un fenómeno así en 70 años. Junio excita por el sol picante, azuzado de humedad, que en León es gasolina sobre el tenor de la yesca. Ese sol saca al descubierto un ejército de ególatras con pinta de contagiar herpes. Este sol de junio es la mitad de un año que se parte por la mayor manifestación de vida que recoge la ciudad después de que Morano levantara el fortín del solos, podemos (pero otro podemos, no el del corazón de los frigopiés y ese juego de tronos de lazarillo que le come las uvas al ciego de tres en tres). El sol de junio es una apariencia; después, las sombras volverán largas. Y rotundas.

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