Britain is different
H oy se vota en el Reino Unido si se quedan o se van de Europa; la verdad es que nunca estuvieron aquí del todo, sino en la melancolía de su imperio perdido. Así como los escandinavos han aprendido a disfrutar de su clima, los británicos lo odian, por eso tuvieron que montar un imperio en los dulces trópicos donde los días son largos y la sensualidad despierta. Cualquiera que haya estado un verano en Inglaterra o Escocia entiende que ese clima haya sido el más poderoso impulso colonizador de la historia y que el turista británico sea tan feliz en el extranjero, siempre que los nativos se comporten como camareros. Lo que allí llaman english summer lo llamamos aquí jodido tiempo, por eso pudo decir Shelley Winters: «Hice una película en Inglaterra y hacía tanto frío que casi me caso». El imperio británico fue obra de gentes que escapaban de su clima o incluso eludían su deplorable cocina. El gusto culinario inglés es frugal: ponen los ingredientes en agua caliente y los sacan después de un rato, por eso Somerset Maugham aconsejaba que para comer bien en Inglaterra lo mejor es desayunar tres veces al día.
El año pasado recibí la llegada del verano en la campiña inglesa, sembrada de mansiones históricas. Me invitaron a una de ellas en el condado de Hertfordshire y no la habría encontrado de no haber sido boy scout. En la campiña inglesa todos los caminos llevan a todas partes y, por lo tanto, a la perdición. Los ingleses cultivan la superstición de que toda señal es plebeya y deducen que quien no sabe llegar a un lugar por las buenas tampoco vale la pena que llegue. Pero cuando finalmente llegas, vale la pena y compruebas que a la perseverancia jamás le falta premio. Esas mansiones inglesas no son las mejores del mundo, ni las más lujosas; pero sí las más armoniosas y genuinas.
Sus propietarios enseñan sus casas con la pasión de quienes se saben unos privilegiados. De ese sentimiento se nutre el Brexit, la vocación de insularidad, porque como dijo Novalis: «No solo Inglaterra es una isla, también lo es cada inglés». Por eso conducen por la izquierda, beben en pintas y miden en pies. Dos tercios de los británicos afirman sentirse poco europeos, a ellos les pone la Commonwealth, ya lo dijo Winston Churchill: «Cada vez que tengamos que elegir entre Europa y el mar abierto, siempre debemos elegir el mar abierto». Son esos horizontes lejanos, y no Europa, los que evocan la armonía prodigiosa de sus mansiones con jardines a la diabla. Tras ellas se adivina el mundo de los corsarios y arribistas que urdieron el imperio británico y se retiraron a la belleza de la campiña. No es raro que la belleza prospere sobre el mantillo de lo siniestro. Como una flor de estercolero.