Diario de León
Publicado por
aquí y ahora Manuel Alcántara
León

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H ay que vivir, que son cuatro días y dos se pasan lloviendo y dos esperando la lluvia. El presente, que dicen que es una poderosa divinidad, está de cuerpo presente, aguardando que llegue el futuro, pero lo que se espera depende de dos cosas: los votos y los votos. Pedro Sánchez, que es un buen chico al que le compraron unos zapatos nuevos que por desgracia eran de varios números más, ha dicho que no va a votar a ninguna fuerza del cambio. Quizá piense que la ansiada mutación se producirá por sí sola y sigue convencido de que a partir del próximo domingo por la tarde será el nuevo inquilino del palacio de la Moncloa. En cambio, Albert Rivera no muestra prisa por cambiar y ofrece al Partido Popular y Partido Socialista negociar, y Gobierno el lunes, sin ir más lejos, de la semana entrante. Unicamente tiene dibujadas tres líneas rojas: que Mariano Rajoy no entre en el Ejecutivo, que Podemos no intervenga en el diálogo de sordos cabreados y que se admitan todas las propuesta suyas. El trato le parece desigual incluso a la oxidada balanza, que se puede caer por su propio peso, además de por el que sostiene.

Se trata de evitar no sólo el ridículo, sino su insistencia. Las terceras elecciones se consideran un mal, pero la gente está muy fatigada y la abstención crece con el buen tiempo atmosférico. Son muchos los que prefieren ir a la playa que mojarse el culo solamente. Los expertos en demoscopia dicen que hay menos entusiasmo que antes del 20-D y que al Partido Socialista le espera un batacazo semejante al de la selección nacional frente a Croacia, solo que nuestros futbolistas tienen posibilidades de recuperarse y nuestros políticos son irrecuperables. Además, no todos los grandes jugadores son nuestros y Del Bosque no puede alienar una delantera en la que jueguen Luis Suárez, Messi y Leo Neymar. Por eso hay que reconocer, no sin cierto dolor de corazón, que el Barca es mejor que La Roja. En cualquier caso, no hay que cantar derrota antes de tiempo. La balanza, aunque esté herrumbrosa, nos sigue sirviendo.

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