TRIBUNA
El diálogo de Gila

N o hace mucho, a la vista de una masacre que todos contemplamos con asombro e incluso con ira contenida, oí decir a uno de nuestros políticos, con semblante contrito: «Me pregunto en qué hemos fallado para que esos jóvenes se vean empujados a estos desmanes». Seguramente estas no fueron sus palabras exactas, pero sí pueden considerarse un resumen de su intención al decirlas. Más tarde, leyendo un titular de prensa, volvieron a mi mente con mayor carga de estúpido «buenismo» —si eso fuera posible— que en el momento en que se pronunciaron. Dicho titular rezaba: «Un grupo de adolescentes da una paliza a un joven que estaba de luna de miel en Málaga».
Todos sabemos que estas «machadas» de algunos degenerados no son exclusivas de una de nuestras ciudades y ni siquiera de un país. Solo hay que ver los altercados entre aficionados de distintos equipos de fútbol durante la Eurocopa, o los habidos en «partidos de alto riesgo» en la liga española, que ya han costado la vida a más de uno.
Vuelvo la vista atrás, a los años de unas ya lejanas adolescencia y juventud y pienso en que lo que ahora parece casi habitual apenas se daba. Siempre había alguien que se saltaba las normas y alteraba la convivencia, pero no sólo era castigado o abroncado por los mayores, también nosotros poníamos distancia entre ellos y los demás, la mayoría, que se adaptaba y respetaba aunque de todo careciera, aparte de una calle para pasear o un maltrecho local en el que alguien más favorecido que los demás ponía unos discos y se bailaba la tarde del domingo.
¿Por qué unas generaciones actúan de una forma más o menos civilizada y otras, las que mejor han vivido, a las que nunca ha faltado casi nada, con colegios gratuitos, comidas diarias y pagas que no se han ganado, se convierten en lobos, solitarios o no, que se divierten agrediendo, maltratando, humillando, matando incluso, sin ningún remordimiento?
Si miro con detenimiento veo una fundamental diferencia, o varias si profundizo más, pero la principal es la ausencia del «diálogo» de Gila. Toda la sociedad, no solo los padres, se unía para corregir a aquel que se salía de los cauces normales, a veces con métodos no demasiado aconsejables y que hoy denostamos en general. Pero, sin llegar a extremos, todos sabíamos que si hacíamos algo mal el hecho traería consecuencias y jamás serían agradables para el infractor.
Esa es la gran diferencia. Nuestros hijos y nietos fueron y son criados con la idea de que tienen derechos y no deberes y que sus deseos son órdenes, que padres asustados se apresuran a hacer realidad, aunque para ello, en algunos casos y cada vez en más, hayan de recortar de un exiguo presupuesto y amontonar facturas y deudas para que al niñito —o niñita, por supuesto— no le falte el capricho porque si no se le concede puede hasta ponerse violento y destrozar los pocos muebles que quedan en la casa o amenazar, y en ocasiones golpear, a sus padres, que no han sido capaces de privarse de comer por comprarle lo que desea o entregarle el dinero pedido.
En algunas ocasiones hasta los matan mientras son menores de edad y la sociedad, estúpida a más no poder, no protesta cuando al cabo de cuatro años de vigilancia los ponen en la calle y les permiten disfrutar de la herencia de sus padres, siendo esta una de las pocas causas que permiten desheredar a un hijo —como al llamado «asesino de la catana», que ya se cuidó de quitar de en medio también a su hermana para convertirse en único heredero—. El mensaje está claro para todos los menores que quieran seguir haciendo su santa voluntad.
Falta disciplina y autoridad. Sí, lo siento, ya sé que estos valores están trasnochados, es más, son políticamente incorrectos. Lo normal sería culpabilizarnos.
Y, bien mirado, deberíamos hacerlo, pero en el sentido opuesto al que ahora se espera.
Somos culpables de permitir, de conceder, de entregar y, en algunos casos, de hacer dejación de nuestros deberes como padres, por multitud de motivos que no viene al caso tratar.
Esta panda de niñatos que asusta a niños, a padres pusilánimes, a ancianos decrépitos o a inocentes turistas, sabe muy bien lo que hace; simplemente no temen las consecuencias de sus actos porque están seguros de que no va a haberlas. Conocen muy bien la sociedad del «buenismo» en la que se mueven. Saben que algunos están valorando bajar la edad de votar a los dieciséis años, pero no dicen nada de la edad en la que se les pueda juzgar como adultos, saben que hasta un presidente de una poderosa nación alaba sus salvajes actos justificados por el fútbol. Saben... Y si se les llega a buscar por su delito, que en ocasiones ni siquiera se considera tal, alguien muy preparado y comprensivo, les contará que eso no está nada bien y que para otra vez deben descargar su violencia jugando al balón o, como mucho, asistiendo a clases de boxeo.
Y a la calle. A seguir derrochando su valioso caudal de energía que nadie se molesta en encauzar, permitiendo la salida de sus instintos más básicos, incentivados por videojuegos que no se prohíben; por la cutrería de algunos programas de televisión o la de políticos, profesores o padres, los cuales, por ineficacia, vaguería o dejadez, aplauden y justifican sus salidas de tono, pensando que así van a atraérselos y, al menos, no les darán bofetadas ni les rallarán el coche ni les reventarán las puertas.
Y no es así; es todo lo contrario. Lo he experimentado como hija, madre y profesora. La comprensión no significa permisividad ni autoridad menoscabada. Es cierto que el amor no necesita «hacer llorar», pero sí manifestarse en todo momento para colocar las cosas en su sitio, encauzando las mentes, aún sin formar, por el camino que permita la convivencia y el uso de libertades, que terminan donde comienzan las de los demás, sean estos de otro color, ancianos, padres, profesores, políticos, rivales o turistas.
Y del empeño en recortar la cultura hablaré en otro momento, si ha lugar.