Diario de León
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flores del mal gonzalo ugidos
León

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C on cuánta prisa se fueron aquellos veranos de Laguna de Negrillos que empezaban por San Juan y llegaban hasta la Fortadera, cuando en carros o bicis salíamos a catar las primeras uvas de picudo. Eran largos los días porque se madrugaba para el riego de la remolacha, para arrancar habas o cargar el carro de bálago. Evoco aquellos baños de solana en el Reguero, donde la sombra de un chopo era una bendición; las risas y bullicio de la chiquillería corriendo tras el trillo tirado por dos yeguas. Evoco el horizonte arrebolado de la tarde y el croar de las ranas en las charcas y el lienzo enfoscado del castillo que servía de frontón y el puchero en la lumbre de sarmientos de la abuela Antonia, y siento la desazón de un mundo perdido para siempre. Evoco la pesca de barbos y tencas y me asalta la impresión de haber visto las últimas estampas de un Páramo tardomedieval, sin tractores pero con las delicias autárquicas de las viñas, los cerdos, el huerto, las gallinas y la sarta de ranas en un junco, como el  Olmo Dalcò de Novecento.

La conciencia de la fugacidad hace más preciosos aquellos veranos porque ahora condensan la memoria de la dulzura de vivir. Estábamos tan maravillosamente dotados para no hacer nada que la vida nos premiaba con las recompensas de la despreocupación. Vivíamos sin miedo ni esperanza. Vivíamos, sin saberlo, en una página escrita por Virgilio o acaso por Rousseau y éramos virtuosos del arte de perder el tiempo y de ganarnos el cielo en que vivíamos, aunque también sin saberlo. El cielo solo existe cuando se ha perdido.

He visto cómo todo se desvanecía y perecía por completo. Se arrinconaron las norias, llegaron las cosechadoras y los tiempos más prósperos; pero no más felices para nosotros, que crecimos echando de menos los veranos perpetuos de un tiempo tal vez menesteroso, pero inocente.

Cuenta E.T.A. Hoffmann que en un pequeño principado vivían hadas que hacían prodigios. Pero un nuevo soberano decidió instaurar la Ilustración y mandó talar bosques, canalizar ríos, construir carreteras y vacunar contra la viruela. Su primer ministro le aconsejaba limpiar el Estado de quienes hacían oídos sordos a la voz de la razón, sobre todo de las hadas que, enemigas de la Ilustración, recitaban poesías, un veneno secreto que volvía a la gente ociosa, juguetona e improductiva. Encarcelaron a las hadas, confiscaron sus caballos alados y los convirtieron en animales de tiro. El desencantamiento fue el precio que pagaron por el progreso.

Cuando llega el calor añoro las hadas de mis veraneos en Laguna, cuando el tiempo fluía despacio como los pasos de un buey. Esa impresión de pérdida tal vez se parezca a lo que debe experimentar un ciego que pudo ver.

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