Monseñor
Su reino no era de este mundo, pero al final la justicia divina le ha sorprendido en un renuncio mundano. Don Lucio Ángel Vallejo Balda cumplirá 18 meses de prisión tras la condena dictada por un tribunal del Vaticano, que se antoja lo más parecido a la representación del juicio final en la tierra, aunque con publicistas petardas y periodistas fisgones que se reservan la última noticia desde el banquillo de los testigos. No hay absolución para el execónomo de la Diócesis de Astorga por la traición al papa, desvelada en un proceso que se ha vivido por el escenario como un thriller cruzado entre Dan Brown y John Grisham, pese a que el material motor de la trama es tan básico como el de una teleserie de media tarde: un hombre cuya ambición hace que se crea un dios, una realidad que no cumple sus expectativas creadas, un juego de intrigas que despierta los instintos más primarios para conseguir el objetivo y un desenlace que deja las miserias humanas al descubierto.
La caída de Vallejo Balda trunca la carrera meteórica iniciada con su ordenamiento a los 26 años, su descolle como ecónomo más joven de España y su ascenso, promocionado por Rouco Varela, hasta colarse en el Vaticano, donde Benedicto XVI lo colocó como secretario de la Prefectura de Asuntos Económicos de la Santa Sede, antes de que el papa Francisco no terminara por colmar sus ansias. Pero en medio, la historia del hombre descubierto por el Vatileaks 2 ya desveló trazos en las andanzas del sacerdote que en Astorga metió las limosnas de la iglesia en Gescartera y constituyó una sociedad de inversiones de capital variable con las donaciones, que tributaba sólo al 1% y acumuló más de 7 millones de euros de patrimonio; un broker con sotana, como le radiografió de manera magistral el periodista del Diario de León Marco Romero, quien descubrió que se había construido además un chalet, premio Castilla y León de Arquitectura, pero que no tributaba porque no estaba registrado. Ahí ya estaban las mañas del curina que pasó el cepillo a los pueblos para inmatricular cientos de bienes y luego en muchos casos venderlos sin control; una treta legal abierta por Aznar con la que la Iglesia se ha quedado porque sí, con premeditación y alevosía, por sólo escriturarlos, con casas y otros inmuebles que las juntas vecinales habían levantado con su esfuerzo y cedido en su día para el uso religioso.
Ya sólo le queda rezar.