Diario de León
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cuerpo a tierra antonio manilla
León

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D esde fuera, el castillo promete. Sus almenas brillan bajo el sol desprendiendo un color de arenisca mate que es como el de las monedas de oro antiguas, envejecidas por el óxido, bajo dos metros de tierra. Sólo cuando se acerca uno un poco, se comprende quizá que como casi todo tuvo mejores tiempos: hay sillares desprendidos, plantas agarradas a las junturas, un aire de abandono envolviendo su todavía imponente estatura. Quienes se han acercado lo suficiente, y les ha sido permitido atravesar el anillo de sus murallas, alimentan fuegos en la noche cuyo resplandor silencioso es visible en muchas millas a la redonda.

Europa es hoy ese castillo. La comunidad económica construida a partir de unas ideas vertebradoras esenciales, que podríamos resumir en los valores renacentistas, parece haber optado por ser una opción más mercantil que humanista. Se ha encontrado en la crisis la excusa para arrumbar a los rincones peor ventilados políticas fundamentales, desde la investigación a la gestión equitativa entre sus ciudadanos de la riqueza generada. Igual que las universidades son cada vez menos templos de la sabiduría a favor del hombre y más factorías de profesionales rendidas al mercado laboral, los menguantes gobiernos nacionales están demasiado subordinados al invisible poder del capital y pendientes de sus volubles indicadores de salud. Parece que ha triunfado el abstracto cuantitativo ante el hombre concreto. Los balances ante las personas. O casi.

Porque, en el momento de mayor euforia, daba la impresión de que occidente estaba en camino de desmontar la industrialización piedra a piedra. Erradicar el trabajo de su territorio, mandándolo a todos los orientes del mundo, para crear una sociedad alrededor del ocio y sobre el fundamento de la posesión del capital, en lugar de la tierra, como en el medievo. Un nuevo feudalismo, se diría. Aunque parece que se abortó finalmente —el Oriente vasallo dijo ja—, en ese sueño liberal o de rentista era importante estar a este lado de la muralla, el de occidente, el de la comunidad opulenta. No sé si esa misma percepción del mundo, vista desde el otro lado, es la que anima a los subsaharianos para montar en una patera o arracimarse en lo alto de una valla sembrada de cuchillas. El castillo visto desde fuera alienta siempre la promesa de albergar un tesoro. O una princesa al menos.

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