Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Oigo hablar de las bondades de frutas y otros productos casi como promesa de eternidad. Uno llega a tener la tentación de coleccionar recetas del panorama cercano y natural –manzanas, naranjas, arándanos, higos, perejil,..- y embutirse en su justa o desproporcionada medida para ponerse como un roble a la espera del saludo de Matusalén y su descendencia, de cuya longevidad sabemos más bien poco. El caso es que hablando de tales propiedades, me llegan a la memoria, inevitablemente, las del ajo. Y con el ajo, Parrulo.

Nunca llegué a saber por qué le llamaban Parrulo. Su madre, dulce y familiar, lo llamaba así, alargando notablemente la u, cuando los juegos lo entretenían en exceso, desde la puerta de la calle que daba al río. «¡Parruuulo!», «¡¡Parruuuuulo!!». Y Parrulo llegaba, sudoroso y obediente, para cumplir los deseos de la madre con acento gallego, venida la familia a vivir a estas tierras que siempre sintieron como suyas. Después, como tantos, la diáspora y la emigración, y, en buena medida, la pérdida de otro afluente común de la memoria. En la mía permanecerá siempre como paradigma de la bondad.

Los jueves de tardes sin escuela en aquellos lejanos tiempos de la niñez tenían no poco de magia. Y de imprevisible. Y de salto de los límites establecidos en algunas ocasiones, como la de aquel jueves con nevada generosa. Punto de encuentro habitual, a la hora convenida. Armados de trineos y esquís de fabricación casera, elegimos las laderas de San Roque y Villarín para la práctica y sus consiguientes mojaduras. Pero, no sé por qué, pudo más La granja, que quedó arrasada por las huestes imberbes de los pequeños atilas.

El maestro de un pueblo de entonces era como Dios. Lo sabía todo. Y al día siguiente, recostados cabeza y brazos sobre la pared, espalda y trasero en disposición midieron varas y reglas en sesión continua, que seguiría por la tarde. Alguien advirtió a Parrulo que el ajo mitigaba los efectos y llegó a la siguiente sesión recubierto con sus bondades, de olor insoportable. Para equilibrar los efectos de varas y reglas, Parrulo recibía doble sesión en cada una de las vueltas. Como las tormentas pasan y los niños ven con ironía y cierta crueldad los asuntos de los semejantes, duró la cantinela unos días, hasta que le tocó al siguiente: «Ay, Parrulo, Parrulo, / échate más ajo en el culo». ¿No sería cierto lo del dicho popular: «Lo que mejor hay del ajo/es un filete debajo». A saber.

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