Diario de León
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FLORES DEL MAL Gonzalo Ugidos
León

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H ace poco el juez Grande-Marlaska estuvo en una boda y oyó que alguien le decía al novio: «Cuánto maricón has invitado». Damos por sentado que el papel de las palabras sólo puede ser describir algo o enunciar algo; pero hay una función realizativa del lenguaje. Decir algo es hacer algo. Las palabras no solo pueden ofender —o consolar, o curar— pueden hacer muchas más cosas. «¡Apunten, disparen!» y, ¡zas!, ya tienes un cadáver en el suelo. El filósofo inglés J. L. Austin publicó un libro titulado Cómo hacer cosas con palabras donde habla de los «enunciados performativos», que no describen nada sino que hacen cosas. Las sentencias de los jueces —palabras y solo palabras— pueden reparar un daño o entalegar a Otegi, como hizo Grande-Marlaska.

Este magistrado lleva un tatuaje en la muñeca que dice: «Ni pena ni miedo». Es el lema para ir por la vida de la peña de cronopios a la que pertenece y también el título del libro —entre la autobiografía y la utopía— que publica en septiembre. Recuerda el dolor que le infligieron cuando salió del armario y dice que «el desgarro dura siempre, que nada se olvida, que uno se acostumbra y nada más». Que sufrir pasa, pero haber sufrido no pasa nunca, vaya.

De otras muchas cosas habla en su libro, de su infancia en Bilbao, de su madre costurera, de Montaigne, de Proust y Don Quijote, de lo que quiso ser y no pudo ser, y de lo que quiso que fuera este país y no acaba de ser. Le digo que su ensayo me ha parecido un ambientador contra el rancio olor a sotana y me confirma que algo como eso era su propósito: catalogar las asignaturas pendientes de una sociedad a la que todavía le faltan dos hervores para ser como dios manda. Un par de ejemplos. Las excedencias por cuidados de hijos se solicitan por mujeres en un 94% de los casos y hay 129.000 denuncias al año por malos tratos. Como gay casado, Grande-Marlaska ha tenido que afrontar situaciones muy dolorosas, aquellas heridas han cicatrizado; pero persiste la vieja homofobia, a fin de cuentas hasta 1973 no se sacó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales. «Quedan las palabras a media voz. Quedan muchos micromachismos. También quedan los ataques homófobos. No todo es Chueca», me dice el juez.

Su libro es una denuncia de 238 páginas que a ratos emociona hasta las lágrimas y a ratos ilumina hasta la rabia. Es el libro de un jacobino, de un ilustrado que opone la razón al delirio y la higiene al lodazal. Decía Scott Fitzgerald que son malos los tiempos en los que hay que luchar por lo obvio, y en la defensa de la obviedad milita Grande-Marlaska. Por muchas veces que se digan algunas cosas, mientras no cambien habrá que seguir diciéndolas. Porque las palabras hacen cosas.

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