Diario de León
Publicado por
LA VELETA Lorenzo Silva
León

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Y a está, lo hemos conseguido: la realidad virtual acabó por tener más entidad que la que sucede a este lado de las pantallas. Mientras nuestro país sigue desgobernado, la gente se arroja a las calles en pos de monstruitos generados por ordenador que en realidad no están ahí, sino en las tripas de algún servidor de Tokio al que se conectan e informan de sus coordenadas GPS, que sepamos y para empezar. Hay quien sospecha, y no sería una sospecha infundada, que la app que los jugadores incrustan en la memoria de su teléfono sirve para extraer mucha más información, con la que, amén de con el tiempo invertido en ella, paga el usuario el gratuito servicio de suministro de bichejos atrapables.

Pokémon Go representa un nuevo paradigma de vida, de relación, de ocio y hasta de cultura. Que se sepa, ya ha servido para cometer delitos, provocar lesiones varias a sus adictos y hasta generar algún problema de orden público en forma de concentración no autorizada. Y estamos sólo al principio del fenómeno. Los programadores se permiten colocar sus criaturas inexistentes en los lugares más insospechados, según un algoritmo que es muy de temer que los haga proliferar cuantos más jugadores detecte, y justamente en los lugares donde más fans del invento se congregan. Invaden espacios privados y públicos, lugares de culto, dependencias oficiales. Por la cara y con el beneplácito de todo el mundo, en aras de un tinglado cuya finalidad no es otra que el viejo ánimo de lucro. Hace días osé sugerir que los ayuntamientos podían empezar a contemplar el cobro de una tasa a la empresa por el aprovechamiento especial de sus espacios públicos, y alguien me respondió muy indignado que acabaría repercutida al usuario. Exactamente igual que la tasa que paga la terraza del bar acaba repercutida en la caña que se toma quien se sienta en ella. Algunos defienden el juego alegando que anima a la gente a salir a la calle, a hacer ejercicio, a relacionarse, y que el negocio de big data que seguramente hay debajo no es muy diferente que el de Google o el de tantos servicios de internet que usamos a diario. Uno se pregunta si no habría que empezar a plantearse invertir las horas de que disponemos, y que si nos paramos a pensarlo tampoco son tantas, en algo que en lugar de dilapidarlas y enriquecer a otro nos procurara un enriquecimiento personal. Caminar por el gusto de hacerlo, pasear en bicicleta, jugar con otras personas sin pantalla de por medio o, por qué no, incluso leer alguna vez un libro.

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