Diario de León
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CUERPO A TIERRA. ANTONIO MANILLA
León

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Los ojos de Platón son de un color inefable. Te miran y traspasan al mismo tiempo, hay una pureza en ellos que te deja pensativo por un instante, como si te mirase desde una altura a la que tú nunca osarás encaramarte porque te falta el valor o la inconsciencia, su terca mansedumbre, esa fe del teórico de una ideología antigua a punto de apagarse. Son unos ojos que te enfocan pedigüeños y generosos, igual que si fueran capaces de mendigar y darse al mismo tiempo, que contemplan el presente, como dice el poeta José Luis Morante de los de una mujer en uno de sus diarios, con ojos de futuro.

Con la mirada bárbara de sus ojos inefables taladrándome, Platón, mientras paseamos la mañana por la ribera del Bernesga, donde la ciudad se acaba y se expande el arrabal con sus ínsulas de plásticos y metales, me desgrana un vaticinio personal. «Si sigues saqueando cuanto te digo, acabarás dando en columbrista, que son los columnistas costumbristas, escribiendo de desconchones en el asfalto o de tal o cual asunto municipal». Pero desdeño su advertencia porque uno está aquí de cuando en cuando como testigo fedatario de sus monólogos, que es cierto que a veces tienden a concejalarios, pero otras veces no, y además nunca tiran a cobrar pieza, aunque sea temporada de media veda, es decir, entre elecciones. Son más bien alertas a la bandada. Bandos de alguacil alguacilado, aunque con la contundencia de un ladrido o un cuerno montañés sonando en medio de la niebla cerrada como aviso al caminante en riesgo de extravío.

«¿Has visto que van a rescatar desde el ayuntamiento el premio González de Lama de poesía? Igual esta vez sí que lo obtiene un autor de renombre, de esos de relumbrón, de los que enaltecen al jurado y al premio, no como en la última edición que quedó desierto cuando luego se filtró que estaba presentado Leopoldo María Panero». Eso fue la pataleta de algún amigo del vate, le respondo, y que se llegara a saber podría certificar que el jurado fue limpio, pues no cedió a ninguna presión externa. «Ni a la del talento, quieres decir… O que no había un euro», añade sonriendo, «pero ¿crees tú que así, ahora, lo puede ganar una obra y no un nombre?».

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