Diario de León

Publicado por
Antonio Martínez Llamas Escritor
León

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A unque no lo parezca, las motivaciones de las guerras apenas han cambiado con el discurrir de los siglos. Así son las cosas, pese a que la perspectiva actual haga que se nos distorsione el foco del argumento. Las espadas, los arcos con flechas envenenadas, las emboscadas y los asedios brutales fueron durante muchos siglos la manera de masacrar al enemigo, y las matanzas indiscriminadas eran el modo de marcar territorio y sobrevivir a golpe de sangre en un entorno cruel. A la sombra de las batallas siempre maduraban sin pudor alguno dos causas fundamentales, al tiempo que supuestamente insustituibles: la religión y la rapiña. Es decir: poseer en aras del espíritu y de los dioses las posesiones que eran injustamente del enemigo. Lo importante era la victoria, y lo de menos el modo de conseguirla, así que los escrúpulos quedaban fuera de cualquier consideración. Entonces se ganaba o se moría. No había término medio. Hubo matanzas que colorearon de sangre los ríos, ajusticiamientos masivos que agotaban las fuerzas de los verdugos y muertes por hambre que hacían muy fácil el trabajo de las bestias carroñeras. El terror formaba parte de la estrategia, de modo que muchas plazas se rindieron sin entablar la disputa de la armas, a sabiendas de que la capitulación era la única oportunidad para salvar la vida.

Aquellos siglos oscuros nos estremecen con solo mencionarlos, ahora que nuestra colectividad está fertilizada con Internet, Facebook, Twitter, Whatsapp, Instagram, drones, miembros biónicos, medicina robótica, mil artilugios electrónicos, libertades tramposas y derechos sociales cargados de medallas buhoneras. Nos asustamos cuando se cuentan las peripecias de los terroríficos siglos de la peste, y no reparamos lo suficiente en que a nuestra sombra camina la desgracia en grado superlativo. Nadie puede poner en tela de juicio que la Tierra está sembraba de terrorismo, contiendas tribales, guerras estúpidas, migraciones masivas, campos de refugiados y sufrimiento, demasiado dolor que tantas veces convierte a las víctimas en guiñapos que únicamente vagan para sobrevivir. Bien es cierto que nos habíamos (mal)acostumbrado a ver las desgracias ajenas desde el pedestal de Occidente, con el convencimiento de que estábamos a salvo, que éramos inmunes y que nada podría privarnos de nuestra solaz existencia. Sin embargo, en unos pocos meses el terror se ha sentado en nuestra sobremesa. Ya no somos invencibles, sino objetivos fáciles de ensartar, y tenemos miedo a esta realidad.

Lamentablemente son demasiados los ejemplos de la crueldad humana, y una muestra, entre otras, es la guerra civil en Siria. Nadie puede negar que las contiendas civiles son la peor de las soluciones, porque siempre dejan una huella muy difícil de borrar. No obstante, lo que importa ahora es una crónica que dispone de su propio mensaje, puesto que otra vez la aviación del régimen sanguinario de Bashar al-Ásad, acaso secundada por los cazas rusos, ha lanzado sus bombas hace unas cuantas semanas donde nunca debió hacerlo: en las Urgencias Pediátricas del Hospital Al Quds, en la zona de la ciudad de Alepo que controlan las fuerzas rebeldes. La cobardía al servicio de intereses bastardos. ¿Cómo es posible que la maldad disponga de esa anatomía tan macabra? ¿Es tanto el odio y la ceguera militar en Siria que solamente encuentran la salida destruyendo un lugar que debería ser respetado en su totalidad? ¿Cabe pensar que el terror se multiplica si el objetivo son los hospitales que a duras penas se mantienen en funcionamiento en las zonas rebeldes?

Desde luego, si las guerras se nutren de barbaridades, el conflicto de Siria está rebasando los límites. Es casi seguro que los rebeldes habrán cometido errores condenables, y ocurrirán más porque la venganza es un plato que se sirve frío, debido a que el régimen de Bashar al-Ásad supera con su maldad la línea más roja. Y con esta vulneración sus bombas truncaron la vida de Mohamed Wasim Maaz, el último pediatra que quedaba en la zona insurrecta de Alepo. Un resistente. Un héroe. Murió en el bombardeo del Hospital Al Quds, junto a un odontólogo, tres enfermeros y una veintena de civiles. Hasta ese día había hecho oídos sordos a quienes le aconsejaban que dejara Alepo, y que tratara de ordenar su vida en otro lugar, acaso junto a su familia que había huido a Turquía. Los amigos le pedían de rodillas que pensara en su novia, y aguardaban a que él no se obcecara en permanecer en Alepo y acabara desposándose a sus 36 años. Sin embargo, aquellos consejos eran sordina para sus oídos. Los niños eran lo importante, y el resto podría aguardar. Pesaban en él sobremanera los 13.500 pequeños que habían perdido la vida en la guerra más absurda, y los 730 médicos que había corrido idéntica suerte.

Mohamed Wasim Maaz se preguntaba por qué las grandes potencias no hacían lo que era preciso para largar de su silla manchada de sangre a Bashar al-Ásad, y dejarse de florituras ridículas en la ONU y en firmas de alto el fuego que no servían para nada. A su manera, mientras auscultaba a un niño tatuado por la metralla, renegando por no disponer de un antibiótico que sacara del apuro a aquella criatura, trataba de razonar las miserias de la política y las veleidades tortuosas del poder. Amaba a Siria, sentía devoción por Alepo, y su alma se rompía en pedazos cuando en cada amanecida le contaban que las bombas de sus supuestos hermanos destrozaban otro barrio más, segaban decenas de vidas y volvía más espeso el insomnio de los niños. Temía que el régimen pusiera el ojo de mira en cualquiera de los destartalados hospitales, y no quería ni imaginar que el centro Al Quds fuera objeto directo de los aviones de Bashar al-Ásad.

Si embargo, el terror venció. El método, ya conocido. Los escrúpulos en una copa de fresas con nata fermentada. Unas cuantas bombas comenzaron a estallar en las inmediaciones del hospital, y una encontró el camino equivocado cuando Mohamed Wasim Maaz trataba de suturar, con los pocos medios de que disponía, una herida de metralla. Zurcido de calidad sin anestesia. El niño malherido sin lágrimas para quejarse. La bomba se cansó de volar y puso sus patas malsanas en el Hospital Al Quds. La muerte llegó sin llamarla. El último pediatra descansó para siempre sobre el abdomen del pequeño paciente. Los dos despidiéndose de Alepo sin apenas haber saboreado la vida: uno por la corta edad y el otro con las ilusiones tiradas a la basura. Aquella noche ya no había ningún pediatra para mentir a los niños, porque después del último ya sólo hay vacío.

Alepo sigue partida en dos mitades, y los bombardeos se suceden sin que tenga ninguna importancia donde pierden el vuelo las bombas. Lo que interesa es que el daño sea mucho y demasiado el terror. Las condiciones en la zona rebelde son de extrema necesidad. La atención sanitaria es muy deficiente, por no decir inexistente en núcleos concretos. Los corredores humanitarios son tan provisionales como ineficaces. Para los rebeldes que odian a Bashar al-Ásad únicamente queda la esperanza de que las enfermedades se vayan de vacaciones, y que sus hijos más pequeños no tengan que necesitar la intervención de un pediatra. El último se fue para siempre unos meses atrás, y aunque hayan venido otros especialistas, detrás del último nunca hay nadie. Una buena porción de nuestra memoria siempre estará habitada por Mohamed Wasim Maaz, un resistente a quien no le importó retrasar sin fecha fija el día de su boda.

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