TRIBUNA
Detrás del cordel

Y , hablando de cultura, resulta que la Filosofía, madre de todos los saberes, hoy se ha convertido en «un obstáculo para la empleabilidad». Un paso más en el empeño por degradar la Universidad, haciéndonos olvidar que no solo es un centro de enseñanza, también, y sobre todo, de investigación y formación de cerebros —¿aquí debería decir también cerebras?—, suministrándoles el mayor número de datos, para poder procesar la información externa y tomar sus propias decisiones. Pero no es el pensamiento lo que ahora interesa; muy al contrario. Ahora son los números y la especialización, que no están mal ni son inapropiadas, pero ¿no serían más productivas dentro de una mente que conociera la filosofía con la que intentaron comprender el mundo los que nos precedieron, sus conclusiones casi iluminadas, la religiones que encauzaron su espiritualidad, las obras de arte que hablan de sus emociones y las nuestras...?
Ideas nuevas nos piden en las empresas, en manifestaciones artísticas e incluso en formas de gobernar. ¿De dónde van a salir si no se fomentan la creatividad ni las formas de pensar, estudiando a aquellos que dedicaron su vida a desentrañar misterios, a dar explicaciones —acertadas o no; eso es lo de menos— del Universo, de sus criaturas y del hombre, con sus creencias, trabajos, tradiciones, normas, enfrentamientos y, en muchos casos, solidaridad y apoyo.
Lo poco que sabemos proviene de la observación e investigación del entorno. Sin eso, nuestros universitarios serán los más expertos en sumas y restas, pero una parte importante de su ser permanecerá estéril, en el agujero negro del que nada puede salir porque nada ha entrado en él. Sabrán, sin duda, calcular muy bien con sus máquinas, pero ¿serán capaces de decir «no» cuando algo propuesto no sea lo adecuado? ¿Podrán unirse a un proyecto o a una causa que ofrezca soluciones a sus problemas o a los de la sociedad a la que pertenecen, sabiendo claramente lo que van a hacer o se dejarán arrastrar por palabrería florida a favor o en contra?
La inquietud espiritual del hombre, nacida exclusivamente, según algunos, de su miedo a la muerte, dejará de molestarle porque estará ocupado generando beneficios. Pero llegará un día en que ya no sea necesario como pieza del engranaje social y se enfrente a la soledad. ¿Qué pensará entonces? ¿En los compañeros con los que hubo de competir constantemente? ¿En los superiores que sonreían cuando aumentaba las cuentas? ¿En los fajos de billetes que pasaron por sus manos para engrosar arcas ajenas? No. Entonces de nada valdrá su especialización. Entonces se dará cuenta de que algo dentro de sí está ahogándose y si tiene suerte y aún no han conseguido hacerlo desaparecer, tirará de ello y lo alimentará. Le darán a elegir; la sociedad ya ha pensado en ello y en su control. Podrá entretenerse subiendo sus intimidades a la nube, aceptar todas las cookies para dejar constancia de sus preferencias, perseguir un muñequito, mostrando constantemente su ubicación, o simplemente encender la televisión y sus sentimientos, emociones, e incluso instintos más primarios, sin datos, sin salida, se aferrarán a lo más fácil y llorará, reirá y hasta gritará improperios a los fantoches de turno, que alguien, que sí conoce y aplica los saberes que a él le hurtaron, ha puesto ante sus ojos, para que enfoque sus abortadas posibilidades y vuelva a alejarse de sí mismo, sin crear problemas a sus semejantes, que bastante hacen con pasarle una exigua pensión para que pueda pagarse tres piezas de fruta al día.
Pero no todos se sentarán ante el televisor ni vivirán pendientes del teléfono. Quizá alguno repare por primera vez en aquellos libros que compró un día para adornar sus estanterías y, por olvidar el desprecio de esa mañana, cuando acudió a tomar café con sus antiguos compañeros de trabajo y nadie pareció verlo, elegirá un tomo y comenzará a ojearlo y sus frases, llenas de profunda sabiduría, lo engancharán y seguirá y seguirá. Buscará entonces interlocutores y no los hallará. Los jóvenes seguirán generando beneficios; los mayores en el camino hacia la idiocia absoluta frente al televisor. No le importará porque su interior habrá crecido; no necesita a nadie, solamente a aquellos que le precedieron y pensaron y que ahora lo hacen de nuevo con él y en él. Tal vez ponga por escrito sus nuevas experiencias y conclusiones vitales, pensando en ayudar a otros. A nadie le interesará. Ninguna editorial leerá siquiera sus apuntes; no es conocido, no se vendería fácilmente. Los números, los beneficios vuelven de nuevo a su vida, pero ahora ya no le importan porque tiene otras cosas en que pensar. Ahora puede decidir por sí mismo.
Cultura. Definición de la RAE: «Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico».