Diario de León
Publicado por
LA VELETA Juan C. Viloria
León

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E stamos en pleno desarrollo de los Juegos Olímpicos en Brasil aunque el mundo está ocupado en otras cosas. Eran los más esperados, los que iban a confirmar la mayoría de edad del gran país sudamericano y resulta que la imagen que nos llega no es precisamente deslumbrante. El país es una endémica manifestación y todo lo que rodea a los Juegos destila un sabor a desgana y vulgaridad. A nosotros también nos habrían cogido los Juegos en mal momento. Con un Gobierno en funciones y un Ayuntamiento de Madrid cambiando nombres de calles hechas un asco y organizando fiestas como San Cayetano parque temático de antisistemas, okupas y abertzales mesetarios sobrevenidos. Nada que ver con la España de Barcelona-92. Estamos precisamente atareados en borrar el nombre de Juan Antonio Samaranch, el que fue presidente del Comité Olímpico Internacional y gran impulsor de los primeros Juegos Olímpicos en España. Es una especie de cacería al franquista (post mortem); una penitencia por los éxitos conseguidos como país, un castigo a la España transversal y reconciliada que hizo posible la curva perfecta de la flecha que encendió la antorcha sin desviarse del rumbo. El Ayuntamiento de Pasqual Maragall que ahora dirige Ada Colau acaba de resolver que se hará desaparecer el nombre de Samaranch de una escultura conmemorativa de los Juegos Olímpicos del 92 alegando «el pasado controvertido» del que fue presidente del COI y gran impulsor de BCN 92. La que fue ciudad de los milagros de Mendoza ahora devora a sus propios hijos. Y Maragall, perdido en los caminos de la desmemoria no puede levantar la voz para reivindicar el momento mágico en que nuestro hombre en el COI, leyó con emoción la designación: «¡Barcelona!» Y todo el país, de la mano, se puso en marcha. Es inevitable dar un poco de cancha a la nostalgia en este deshilachado momento de nuestra historia porque los Maragall, Samaranch, González, Mariscal representaron el momento culminante de la España que salía de las tinieblas y recuperaba la luz. El fulgor de la democracia, la reconciliación, el impulso nacional, el orgullo innovador, la demostración de unidad y de fuerza. De un país grande. Y mientras tratamos de recuperar algo de aquel espíritu olímpico del 92 podríamos entretenernos en montar las olimpiadas de la limpieza de la memoria buscando pasados controvertidos para quitarles de los monumentos que estén a su nombre. Ya puestos a fustigarnos, barra libre.

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