EL BAILE DEL AHORCADO
«Hay que hacer lo que hay que hacer»
El diputado que habla en el Parlamento se dirige a los que le escuchan por televisión, a la gran masa, por lo que banaliza su discurso». El académico de la RAE Salvador Gutiérrez diseccionaba el domingo pasado el lenguaje que usan los políticos para inocular su mensaje en los electores. El reportaje es de obligada lectura si se quiere comprender qué está ocurriendo. Cuando Rajoy dice ‘hay que hacer lo que hay que hacer’ o ‘los españoles son muy españoles y mucho españoles’ no lo hace movido por un descuido mental. Cuando Pedro Sánchez nos cuenta la triste historia de Juani, a la que cambia el nombre sin sonrojo según la audiencia a la que se dirija, no lo hace movido por la idiocia o la mala memoria. Cuando Pablo Iglesias utiliza la tribuna del Congreso para ofrecerse como celestina sexual no se sirve de una anécdota para llegar a la categoría del pacto y si Albert Rivera sostiene que ‘cuando uno tiene deudas es menos libre que cuando es libre y tiene deudas’ no es que sufra confusión. Si pensamos que todos ellos son falibles y que esa es la razón por la que hacen el ridículo caemos en su trampa. La realidad es que enfocan su mensaje a nuestro cerebro reptiliano, el lugar donde habitan los instintos básicos, como el miedo, la zona en la que el análisis está vedado, aquel en el que la razón sigue soñando... El lenguaje político revela que su mensaje es fascista, y ya saben lo que decía McLuhan. Podríamos invertir los términos de la frase del pensador canadiense y llegar a la conclusión de que todos ellos lo son. Porque si pronuncian los mismos mensajes simplones es porque se dirigen a las emociones, a las tripas. Quieren generar miedo o pasión, adhesión irracional, nada de sofisticación, fuera la complejidad. Por eso, la frase de Benjamin Franklyn según la cual la democracia es el sistema por el que dos lobos y una oveja deciden qué comerán está de plena actualidad. En las últimas elecciones, Fernando Savater se presentó por UPyD. Fue un gesto bello e inútil, tan estéril como pensar que esto no es una democracia de y para ignorantes, fraguada al calor de la eliminación paulatina del saber, la equiparación de la banalidad y el silencio de los intelectuales. Pues eso, que hay que hacer lo que hay que hacer. Así nos va.