Diario de León
Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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La instalación del polémico Museo de la Fauna Salvaje en la solana del Porma ha servido para rescatar del aislamiento a Valdehuesa y Rucayo, dos pueblos supervivientes en esa vertiente del embalse enlazados por una carretera que dibuja toboganes a orillas del elocuente sudario del agua. El nombre del primero nos previene acerca del paisaje natural por el que vamos a movernos. Valdehuesa apenas encubre la denominación primitiva de Valle de la Osa y los naturalistas anotan las huellas frecuentes por estos pagos del animal totémico de la montaña leonesa. La reciente implantación del Museo de la Fauna Salvaje, erguido sobre una península que sirve como magnífico mirador sobre el embalse, se ha convertido en imán de visitantes a estos pueblos inadvertidos y aislados desde la retención de las aguas del Porma.

El ingeniero de la presa del Porma fue el novelista Juan Benet, que radicó su universo literario de Región en esta geografía convulsa y desmedida. Años más tarde, su amigo y colega Juan García Hortelano, que era funcionario de Fomento, quiso bautizar el embalse con su nombre y así se hizo, aunque el rechazo lugareño consiguió que el rótulo no pasara del boletín a los indicadores. Y sin embargo, el escritor hizo buenas migas durante su dilatada estancia en la zona. Sobre todo en Remellán, de cuya venta fue cliente toda la vida. También consiguió que un oso abatido por las brigadas del embalse se alojara disecado en el ayuntamiento de Boñar.

Antes de llegar a Valdehuesa se alza a la derecha una pared caliza que sirve como escuela de escalada deportiva. Lo más curioso del paraje son los nombres con los que se han bautizado las diferentes cordadas, que revelan algunas obsesiones ciertamente pintorescas. Antes de anegar el valle, a Valdehuesa se subía desde Campillo, hacia cuyas sombras discurre el arroyo del pueblo. El Museo luce al exterior una arquitectura moderna que sin embargo no da el cante en aquel entorno natural. Los jardines que arropan las construcciones se adornan con esculturas de animales, unas moldeadas con más sentido y otras con ningún acierto. La visita no defrauda.

A kilómetro y medio del museo en dirección a Rucayo desagua el trasvase subterráneo de agua del Curueño, que esta primavera ahogó a dos ciclistas. En el vallejo permanece en pie sobre las aguas la iglesia que fue de Ferreras. Rucayo reparte sus dos barrios en la confluencia de los ríos Guería y Ferreras. La iglesia de San Miguel se construyó después de la francesada con las piedras del antiguo castillo. Tiene reloj de sol y las catorce estaciones del calvario talladas en sus muros. Durante la guerra civil estuvo casi dos años evacuado y algunas casas muestran todavía en sus muñones la huella de la contienda.

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