Diario de León
Publicado por
cuerpo a tierra antonio manilla
León

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E n agosto, hasta el columnista se relaja: sale al campo y pasea; aprovecha para ver temporadas enteras de series de su gusto; le da por leer, junto a novelones que tenía reservados para este tiempo apacible, cosas que normalmente desdeña, como los colorines . En esas revistas de papel satinado que con periodicidad semanal y tozudez decimonónica entregan los periódicos, como diseñadas para lectores apáticos o todo-oídos en la sala de espera del dentista, todavía aparecen, refulgentes por el brillo de lentejuela del cuché, cantantes en promesa, actrices con corsé, celebridades consortes, menús inverosímiles para cenas de cofrades, reportajes bizarros de lencería fina, artículos de escritores serios que más bien parecen enfadados con el universo, guapas y guapos restaurados por la magia virtual del Photoshop o liofilizados por algún taxidermista fino. El incomparable espectáculo del mundo, o más bien del cielo estrellado: todo un firmamento dispuesto como ventana y antología en el que, como cometas imprevistos, a veces aparece el contrapunto o solo de trombón de una noticia en blanco y negro sobre cualquiera de las miserias, casi siempre lejanas, que pueblan el ancho orbe, cubriendo la cuota solidaria. Paisajes de Chernobyl o minas de talco sudamericanas donde se explotan niños, cosas así. Denuncias que nunca saldrán reflejadas en el papel Holanda o salmón de los suplementos económicos, ni tan siquiera como coartada mate de la conciencia o su completa ausencia.

Pero el glamour envejece mal. O quizá no lo hace en absoluto porque es siempre el mismo. Futbolistas con sus parejas, trajeados triunfadores de barbita hípster o recatada, modelos en complementos parecen todos iguales, así que el tiempo pasa y al verano le sucede el otoño y las primeras lluvias. ¿Dónde quedan todas esas conquistas esmaltadas que relumbraron un instante en la mirada con su promesa de inasibles paraísos en una tarde de raudos vencejos detenidos sobre el celaje? ¿Qué fue de la rutilante popularidad y sus efímeros botines? Creemos haberlo dicho: la materia de los colorines es el firmamento. Si el destino del periódico de hoy sigue siendo envolver el pescado de mañana, el de las revistas ilustradas es el eterno retorno. Nada hay más triste que ese hado de cromo repetido y cosa ya vivida, de estampa «déjà vu», de Sísifo condenado a perpetua relectura. O tal vez sí: comprender tarde que hemos estado ojeando una pila de ejemplares atrasados.

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