El vil metal
S i es usted de los que comparte que ‘el dinero no es nada, pero mucho dinero ya es otra cosa’, le adelanto que corre serio peligro de ruina. A no ser que su modus operandi se limite a las operaciones financieras lejos del cash, o no guarde nada menor a un billete; más le vale ir tentándose las cajitas, cajones, bolsillos y tarros de conserva donde acumula cientos de moneditas rosadas pensando que un día su trabajo de hormiguita se traducirá en sorpresa contante y sonante con la que darse un caprichito. Sonante será, pero traducirlo a contante le va a costar un pico.
La calderilla es, se lo adelanto, un lastre no sólo al peso, sino también a la economía. Su montaña de circulitos de uno, dos o cinco céntimos puede serle tan rentable como el billete de la primera república que encontró con emoción en la casa de su bisabuela; o esa peseta con la cara de Franco que se enseña a los menores de quince años como un fósil de araña del cuaternario.
Mientras se siguen poniendo en circulación dineros inservibles, la Europa monetariamente unida debate retirar lo que antes era dinero; pero ahora, ni crisis ni nada, es chatarra molesta e inútil.
Es, en el colmo del absurdo, gravosa, porque ya hay entidades que cobran comisión por cambiar o contar las monedas de céntimo. Va usted a dejar su montañita de realitos y le cuesta dinero que se los quiten de encima. Va usted a pagar tal o cual producto con el saquito centimero y le echan a patadas.
Tal es la confusión del sistema bancario que amenaza hoy con un nuevo y costoso colapso porque prestar dinero (de otros) ya no renta, que te cobran por dejar tu dinero, y también comienzan a hacerlo por llevarles esas monedas con las que no puedes pagar, pero que aparecen aquí y allá por tus bolsillos por arte de magia.
El caso es que sólo en España hay más de 5.000 millones de monedas de un céntimo (52 millones de euros) y unos 3.500 millones de dos céntimos (69 millones de euros). Y siguen poniéndose en circulación. Si los tiene en su poder, está perdido. No sólo no es rico, sino que será un moroso y un plasta al que despacharán con cajas destempladas por su saquito de problemáticas monedas.
Conste que a mí ya me lo advirtió tía Amalia. «Tú, hija, procura ser rica en ricura; porque lo del dinero sólo trae problemas». Quién iba a pensar que, hoy más que nunca, hay dinero que no se cuenta porque no cuenta, por ser metal vil. Pero vil de narices.