cartas al director
Fin de verano, comienzo de curso
C omo cada año, el final de las fiestas de la Encina deja en Ponferrada un ambiente como de resaca, como de conclusión de los despreocupados días de la holganza y el jolgorio. Y se ve uno ante la necesidad perentoria de cambiar el chip, que es como se denomina modernamente volver a la rutina y los quehaceres que a cada cual le impone su particular cotidianeidad. Los niños a la escuela, los viejos a la partida en el hogar del pensionista, las amas —¡y amos!— de casa a sus labores, los que tienen trabajo a su tajo diario y los muchos que carecen del mismo a fatigar los cada vez más escuálidos polígonos industriales en busca de algún apaño así sea a tiempo parcial o de temporada. O a buscarse la vida en las vendimias o en la recogida de la pera y la manzana.
Tras la Encina, el invierno encima, dice el dicho. Se trata de un invierno más anímico que meteorológico, porque siempre quedan por delante los días dorados del veranillo de San Miguel para dar la bienvenida al otoño. Ese invierno es más bien el que se instala en nosotros para decirnos que va a ser tan largo que casi no va a acabar nunca, que nos esperan tardes de brumas y de mesa camilla, que no vamos a poder las piscinas y los ríos hasta dentro de muchos meses. La ciudad, tan ajada y descuidada y sucia en sus calles, parques y plazas por los recortes o por los contratos mal planteados o por la mera desidia de políticos responsables que se sienten demasiado débiles en su poltrona como para ocuparse de otra cosa que no sea su mera supervivencia, toma también ese color otoñal, se amolda a la melancolía que hace presa en los espíritus de sus gentes, cada vez más resignadas a la decadencia de la misma y de la comarca entera.
Los jóvenes que se van a la universidad ya no van a volver aquí como no sea de vacaciones. Su horizonte laboral es el mundo entero. La emigración ya no es un estigma de gente humilde sino la única opción de prosperar para las que dicen que son las generaciones más preparadas de la historia. Lo que ocurre es que esa preparación no rendirá frutos en la tierra que los vio nacer, no contribuirán al sostenimiento de las pensiones de aquellos que con su sacrificio les proporcionaron la oportunidad de estudiar. Contribuirán al progreso de otras partes del mundo o, mejor dicho, de las megacorporaciones de la economía globalizada a las que no importa mover su mano de obra de un extremo a otro del orbe. Si gusta lo tomas, si no te quedas fuera, fuera del sistema, como un apestado.
El Cristo de Los Barrios parece una prórroga del verano, como si todavía no hubiera terminado para mí.
Isaac Courel Valcarce. ponferrada