Diario de León
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Leoncio González

A l final de verano se marchó Leoncio con la serenidad otoñal que ya nos envuelve a la mayoría de sus amigos, los que agradecemos haber saboreado con él los frutos de la vida. Especialmente hoy sentimos el destello de una vida que, a través de muchos años de convivencia en el instituto, iluminó bastante las nuestras. Le recuerdo en aquellos tiempos borrascosos en los que la policía todavía impedía reunirse y los profesores interinos encontraban un espacio y un refugio en el salón del Juan del Enzina gracias a Leoncio, su director. Más de una vez le vi atemperar al capitán de policía para que su brigada armada de porras no desalojara a los reunidos en asamblea. Leoncio le desarmaba con sus razonamientos sosegados y la autoridad moral que transmitía. Iba con él la valentía y la defensa de la justicia junto a la mirada bondadosa y a menudo la broma amable. Transmitía alegría y optimismo, las mejores armas para deshacer entuertos. A su lado se extendía la confianza y uno sin darse cuenta era partícipe de secretos que él atesoraba, como los rincones gallegos de su infancia, retazos de la vida un joven profesor de latín y un sinfín de anécdotas de las que a menudo destellaba una agudeza. Sabía contar, escuchar y leer. Hacía sin esfuerzo la vida agradable. A Leoncio debemos mucho del clima armónico que hacía del instituto un espacio para la convivencia y la tolerancia. Queremos compartir con Graciela, sus hijas y sus hijos estos recuerdos que a todos nos ennoblecen. Mirando hacia atrás vemos la estela sabia que ha dejado Leoncio; sabia porque daba sentido a la vida desde la esperanza en que es posible la dignidad en la aceptación de lo que somos. Seguirá en nuestras vidas por eso, por su nobleza, por su ternura, por no dejarse anegar por las tinieblas, por su compasión y su esperanza en el ser humano.

Leoncio, ahora que vas ligero de equipaje sit tibi terra levis .

Pedro Blanco y amigos compañeros del

IES Juan del Enzina de León

Queja desde Fresnedelo

E scribo esta carta desde este pequeño pueblo del municipio de Peranzanes. Quiero con ello trasladar mi rabia, y creo que la de todos mis vecinos, así como la de muchos descendientes, por el abandono al que nos sometieron. El día 12 se produjo un tremendo incendio, que comenzó en Bárcena de la Abadía (Fabero), y se propagó hacia el norte, llegando a San Pedro de Paradela, todavía en el municipio faberense, y a Fresnedelo. Otro de los ramales del fuego se dirigió hacia Anllarinos, en Paramo del Sil. En torno a las 15:30 desde Fresnedelo (a unos 1.000 metros de altitud), se empezó a divisar algo de humo. Cada minuto que pasaba, esa nube se volvía más y más densa y voluminosa. De repente, y como si se tratase de una película de terror, comenzamos a ver llamas en los altos del pueblo, las cuales crecían y se acercaban a una velocidad inusitada. Estábamos en el pueblo 15 personas, de las cuales ocho son de avanzada edad e incluso alguna de movilidad reducida. Gracias a Dios, el día anterior los cinco niños que habían pasado parte del verano en el pueblo se habían ido ya que iban a comenzar el curso escolar. Quisimos pedir ayuda pero fue imposible. Ya no teníamos línea de teléfono y la cobertura móvil es escasa. En poco tiempo nos vimos completamente rodeados de llamas, y la única salida del pueblo, la carretera que lleva a San Pedro de Paradela, y de ahí a Fabero, parecía una autentica boca del infierno, totalmente envuelta en llamas y humo.

Los siete que podíamos hacer algo fuimos hacia la iglesia. El fuego se metía en el pueblo, y esperábamos que vinieran a socorrernos. Pobres ilusos.

Sonaron sirenas, pero no eran los bomberos, o medios aéreos. Era un coche de la Guardia Civil. Dos agentes del Seprona, Miguel y Raúl llegaron y gracias a ellos supimos que la ayuda de los medios de extinción no iba a llegar. Nos dijeron que teníamos que salir del pueblo. Nadie iba a venir, el acceso era peligroso y no dejaban pasar a ningún vehículo. Con palabras no muy agradables me dirigí a ellos, y les pido perdón, pero irme era perder casi 50 años de mi vida. Y ninguno de los que allí estábamos dudó por un momento: ¡nos quedamos a defender nuestro pueblo! Y estos agentes, Miguel y Raúl, decidieron quedarse a nuestro lado. Un millón de gracias, por vuestra valentía.

Queremos agradecer a Vicente, Chus y  José (miembros de la Corporación municipal) que nos proveyesen de mangueras, porque hasta de eso carecíamos. Condenamos a quien provocó todo esto. Nuestra solidaridad con los vecinos de San Pedro de Paradela, a los que la negligencia ha costado pérdidas materiales.

Todos los pueblos tenemos el mismo derecho: el derecho a vivir. Pero se ve que, en ese momento, Fresnedelo no tenía ese derecho. Todo el despliegue de medios que hubo, ¡y aquí no llegó nadie! Que asuman su responsabilidad los culpables. Por su negligencia y descoordinación. Y por su falta de respeto hacia nosotros.

Diego García Ramón. fresnedelo

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