Motor de crecimiento
La cultura, a pesar de los recelos que históricamente ha suscitado entre nosotros, no es un adorno ni una añadidura convencional. La Comisión Europea, en el libro Liberar el potencial de las Industrias Culturales y Creativas, habla de ella como elemento estratégico por sus beneficios, tanto directos —es necesario crear el hábito de su necesidad— como indirectos, por su incidencia en este caso en la economía. Esa complementariedad, y su innegable capacidad innovadora, ha de llevarnos a hablar sin ningún recato de industria cultural, que, así concebida, aporta al PIB de España en torno al 3,6 %, aportación a la economía que, como simple referencia de comparación, es superior a la del sector de la agricultura, ganadería y pesca y que en 2011 suponía medio millón de trabajos directos, un 2,7 % entonces del empleo total. Descendiendo a ejemplos concretos, los efectos provocados por el Guggenheim, el Centro Botín o el Museo Picasso de Málaga han sido evidentes, según cuenta Marcos Díez, que, entre otras muy interesantes reflexiones, apunta esta, referida a la relación entre turismo y cultura: «9,4 millones de turistas visitaron nuestro país en 2011 atraídos por la cultura, lo que supone el 17 % del total de visitantes recibidos. Entre los años 2005 y 2011 el turismo cultural creció un 90 % y en 2011 los turistas culturales gastaron en España más de 8.500 millones de euros. Otro dato positivo es que quienes nos visitan por motivos culturales no concentran sus viajes en el verano, lo que contribuye a la desestacionalización».
La cultura, que empieza a tener muy abiertas las puertas del futuro, es un motor innegable de prosperidad. Patrimonio artístico y monumental, archivos y bibliotecas, libros y publicaciones periódicas, artes plásticas, cine, audiovisuales y multimedia, artes escénicas, música, literatura, tradición oral… León es una gran apuesta en este sentido. Mejor, también en este sentido. Los detalles —la literatura es una referencia viva— saltan a la vista por la diversidad y riqueza. Bien es cierto que, por ello, no debe olvidarse la transversalidad de la oferta —paisajes, senderismo, gastronomía, enología, tradiciones, costumbrismo…—, que puede y tiene que ser generosa, si somos capaces de despojarnos de ciertos complejos que nos han ido atenazando a lo largo del tiempo. Las alternancias económicas de futuro a que nos obliga la propia realidad tiene en la cultura una cita. Y una reflexión.