TRIBUNA
Abstención

N unca he querido opinar de los líos internos de otros partidos. Es verdad que todos han opinado de lo nuestro, pero precisamente porque esto no me parece correcto; jamás he saltado esa línea de respeto que merece cualquier formación política que se organiza para defender una ideología y unos programas de acción, una tierra y sus gentes, en definitiva.
Por otro lado, recordando algunos episodios de nuestro pasado, bastante tiene uno con intentar explicar lo que hace o hizo como para hurgar en herida ajena. Es cierto que, como observador de la batalla política, algunos lances me parecen de simple bochorno, para qué ocultarlo.
La política española, rompiendo las barreras del asombro y más allá, poniendo a los ciudadanos difícil vencer la tendencia a la desafección al sistema, no ya a un partido o a otro.
No caeré estos días en la tentación, confieso que fortísima, de dedicarles unas líneas a los que siempre se dedican a pontificar sobre esa idea falsa, por sesgada, de que todos los problemas del universo, desde el big bang, son del PP. A algún parlamentario socialista habría que mentarle desde las imputaciones por los EREs hasta ese ensayo de implosión nuclear del pasado sábado en Ferraz. No es que otros no tengamos sombras, que muchas, es que ahora toca superar las sombras de todos para que nuestros conciudadanos no vean en la política y los políticos más que la oscuridad más abyecta.
Algunos están obcecados en la idea de hacer votar a los leoneses por tercera vez en el lapso de un año.
Se ha revelado insostenible y falaz la triple afirmación socialista del no a Rajoy, el no a los que apuntalan su antidemocrático empeño secesionista en imponer la voluntad de unos pocos a la soberanía de todo el pueblo español y el no a nuevos comicios.
Quienes ansiaban en secreto anteponer su estrategia de supervivencia personal al interés general de los españoles, jugando a augures que interpretan en el vuelo de las aves leonesas las posibilidades de recuperar algún escaño a Podemos en otras elecciones mientras calibraban el balance entre la fidelizacion del voto popular y el nocivo efecto de los juicios por la corrupción, han pasado hoy a preocuparse por seguir respirando políticamente. Sólo eso.
Y ahora oigo elucubraciones sobre el impacto en términos electorales de unas elecciones en medio de su culebrón. Pero no es esto; en modo alguno va de esto. Hablando con un viejo socialista, de esos que han prestado un gran servicio a su pueblo, a las gentes que tenemos más cercanas en nuestras calles, de esos que no se han dejado podemizar y no renuncian a hablar de España, he tenido la sensación de que el problema es vestir el santo.
Pero el proceso de asumir posibilitar un gobierno no puede subordinarse a cómo explicar que uno se abstiene. Más allá de las bromitas sobre lo bien que se está sin gobierno, es demasiado tiempo sin poder tomar decisiones de calado que nos afectan a todos. Y tales decisiones, en esta provincia, interfieren en el normal desarrollo de algunas políticas públicas vitales, por ejemplo en materia de energía o de infraestructuras. La inercia de la buena marcha de la recuperación de la economía y el empleo se verá pronto lastrada por la ralentización internacional del crecimiento en la eurozona si no se aplican medidas eficaces. Lejos de ser esta una advertencia genérica, al final, son empleos en León. Los dos últimos meses hemos resistido con bajadas del paro registrado mínimas; se necesita un nuevo impulso.
¿Cómo se explica una abstención? El martes 11 de julio de 1995 este periódico publicaba una crónica sobre cómo se había elegido a la presidente (sí, no digo presidenta como tampoco representanta, ardienta, docenta o cantanta, ni presidento, asistento, agento o gerento) del Consejo Comarcal del Bierzo.
El Diario de León daba cuenta de que, en una de sus sempiternas peleas internas, los socialistas habían empezado una guerra en el pleno del Consejo que debía elegir a una socialista al frente del órgano comarcal, obligando a intervenir luego a Zapatero.
Y como consecuencia de sus guerrillas, el grupo popular, por responsabilidad hizo lo que era mejor para los intereses del Bierzo y trató de respetar las mayorías democráticamente elegidas en las urnas. Créanme que pudimos haber intentado eso que los cursis pretenciosos han venido a denominar un gobierno transversal y del cambio; pero en la votación nos abstuvimos (incluso llegamos a retirar nuestra candidatura) para que los rebotados del PSOE no pudieran elegirnos, aunque algún compañero presionara para que aceptáramos esa presidencia comprada con votos prestados porque, estimados socialistas puristas, siempre hay quiere más madera.
Y el candidato del PP se fue sin dudar a la oposición, donde creía que debía estar porque era lo más respetuoso con los votantes. Ese candidato era yo; ese fue mi estreno en política. Nunca he considerado que haberme abstenido me hubiera hecho de izquierdas (pensarán los maliciosos que mi trayectoria reafirma perpetuamente lo contrario), ni me hubiera entregado al PSOE.
Tampoco sentí nunca que la oposición que como portavoz del PP debía hacer estuviera lastrada por esa decisión: fue una oposición tan dura como nos parecía que merecían las circunstancias. Mantengo hoy la misma convicción de entonces.
De modo que cuando oigo justificar la indefinición socialista hasta ver cómo se viste el santo, me acuerdo de aquel asfixiante día estival de hace veinte años y me enorgullece recordar que antes que mi interés por tener un cargo (y cobrarlo), antes de sumar una muesca para mi partido, antes que en lo nuestro, pensamos en lo de todos. No es tan difícil.