Calle de la Inteligencia
E n el Paraninfo de la Universidad de Salamanca se escuchó ayer una frase lapidaria. «Venceréis, pero no convenceréis». Salió de la boca del actor José Luis Gómez, de la misma forma que hace ochenta años —un 12 de octubre de 1936, en el acto apertura del curso universitario, que coincidía con el Día de la Raza, y en medio del ambiente enardecido por el comienzo de la Guerra Civil y la ‘cruzada’ encabezada por el general Franco— el rector Miguel de Unamuno usaba la palabra para enfrentarse a la fuerza bruta, a la represión y al odio que se había desatado en la ciudad.
«Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir», dijo Unamuno, después de que el general Millán Astray gritara aquello de «viva la muerte» y «muera la intelectualidad traidora» —aunque la expresión que trascendió fue «muera la inteligencia»— para atajar su discurso.
Un discurso valiente, casi suicida, que le hubiera costado la vida, más de uno echó mano a la pistola, de no ser porque Carmen Polo, la esposa del dictador en ciernes, le agarró del brazo y lo acompañó a su casa. Allí moriría el viejo Unamuno, que no se callaba porque «quedarse callado equivale a mentir», dos meses después, defenestrado, destituido, recluido porque quienes le creían del lado de los sublevados.
El Paraninfo de Salamanca se volvió a llenar ayer para oír el discurso de Unamuno en la boca de José Luis Gómez, que definió al escritor vasco como «un referente de la dignidad». Ochenta años después, aquellos valores contrapuestos a los de Millán Astray —que había afirmado que Cataluña y el País Vasco eran «dos cánceres en el cuerpo de la nación» y el fascismo venía a exterminarlos— deberían ser ideales compartidos por todos los que convivimos en una sociedad democrática. Pero todavía hoy, y ante el intento del Ayuntamiento de Madrid de retirar el nombre del general mutilado del callejero y dedicar su calle a la inteligencia, se vuelven a oír voces en la Legión, cada vez más airadas, que defienden la valía y los méritos de su fundador, del que no se avergüenzan.
Y sólo espero que, ahora que el 12 de octubre ha dejado de ser el Día de la Raza, ya no convenzan a nadie.