Encontronazos
Hay épocas en la vida (a medida que va pasando se hacen más frecuentes estas épocas) en las que, no sólo aun sin proponérselo sino tratando firmemente de evitarlo, se tropieza una irremediablemente con especímenes con los que el destino pone a prueba tu capacidad de resistencia vital y moral. Entes empeñados con férrea determinación en el enredo (clásicos tocanarices sin más preocupación que ésta); quedabienes palabreros con más músculos en la lengua que en los brazos, que te dejan vendida cuando menos lo necesitas porque han encontrado algo más rentable en lo que volcar su verborrea de traficantes de crecepelo en el Oeste; los profetas que te dejan tirada porque o no era oro todo lo que relucía o porque a barco que se hunde son las ratas mejor informadas que saltan y el que venga detrás que arree...
El acoso forma un cerco a veces asfixiante. Por absurdo. Por innecesario. Por inútil. Pero en las bases de este gigante no hay pies de barro. En realidad no es, ni de lejos, un gigante; pero tiene los cimientos firmemente forjados en principios y enseñanzas capaces de resistir infinitos ataques miserables, interesados o mezquinos; por persistente que sea el Goliat empeñado en agredir o intentar malograr aspiraciones.
Me educaron en la honestidad. No entiendo ni los comportamientos de quienes se hacen merecedores de nombre y apellido ni a la gente sin cintura para buscar la virtud en el término medio. Pero tampoco soy tan imbécil como para no aceptar que ésta es mi forma de ver las cosas, que a buen seguro difiere en mucho de cómo las ven otros.
Reconozco sin embargo que mi vida está infinitamente más llena de luces que de sombras. No sólo por la inmensa fortuna de mis muy cercanos, que mire en la dirección que mire son un impagable regalo. También por las gentes que he ido encontrando en mi camino con un talento tan grande como su generosidad, que me sorprende cada día. Aquel Carlos que me dejó hocicar en sus nunca suficientemente reconocidos fogones. Esta Brezo de infinita paciencia que no hace distingos entre el talento y la afición torpona de andar por casa.
En ellos me refugio. A los otros, sólo me cabe replicarles aquello que hace tiempo hice mío: «Como mi secretaria es una dama, no puede escribir lo que pienso de usted. Como soy un caballero (bueno, una señora), no puedo decirlo. Pero como usted es lo que es, comprenderá muy bien lo que quería decirle».