Embajadores en copa
E xiste mejor carta de presentación que la que acaricia a la vez la vista, el olfato y el gusto? El tacto, ese acercar la copa que promete un festival de sensaciones para ser tenidas en cuenta con sosiego, mientras un respetuoso silencio en la mesa llama a la breve concentración entre plato y plato, entre charla y chiste.
Existe. Cuando se encuentra lejos. Cuando se contagia. Cuando te da la sorpresa de aparecer en los templos donde estos placeres no sólo se valoran sino que sientan cátedra. Donde no entra sino quien tiene algo especial que ofrecer. Y eso sí te llena de orgullo. Mucho más cuando te lo envían como un trofeo amigos del alma a quienes a la hora de compartir las cosas buenas les has inculcado un poco de cariño por lo tuyo.
Hace poco se obró el milagro. Tengo un trocito de corazón en Pekin, y no hay visita al Temple Restaurang Beijing (frecuentes, que me saben disfrutar de la vida muy bien) que no compartamos con brindis whatsaperos para recordar los maravillosos momentos que allí vivimos juntos. En la última incursión al que está considerado uno de los mejores restaurantes del mundo me llegó una foto con la etiqueta de un vino.
El Temple, ubicado en un antiguo templo tibetano, es todo un lujo de ambiente, atención y, sobre todo, excelencia en la gastronomía. Con un concepto en el que cada plato se sirve con el vino que el chef considera que refleja la mejor armonía. Una selección en la que compiten caldos de todo el mundo, para ser olfateados y degustados por paladares curiosos, que toman buena nota de aquello que realmente les sorprende.
Petit Pittacum ha entrado en esa liga selecta, y mis trocitos pekineses tomaron buena nota y desde allí brindaron, sobre todo con mi media uva berciana, que no cabe en sí de gozo desde entonces.
León se vende por el gusto. Y qué gusto da cómo se vende. Qué orgullo tropezarse con algo tuyo en la cumbre de la excelencia de quienes gustamos de adelantar pedacitos de cielo en este mundanal ruido, en forma de efímeros paraísos gastronómicos y pequeñas islas de placer. Qué satisfacción haber sembrado la semilla del gusto por lo leonés entre los que son ya nuestros embajadores allá por donde vayan.
Pero que no se nos olvide que el talento habita, a menudo humilde, entre nosotros. Qué lujo tener los fogones y las bodegas que rodean nuestra cercanía de excelencia. Disfrutémoslas. ¡Salud!